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domingo, 25 de enero de 2015

Artistas coreanas en ‘La Tierra del Olvido’

Llegaron a Latinoamérica en busca de ese mágico país al que un hombre de cabello rizado y pantalones cortos llamó ‘La Tierra del Olvido’, y aunque no precisamente visitaron Ciudad Perdida, se encontraron con el municipio que pareciera evocar las mismas expresiones de Carlos Vives: Puerto Colombia, pues tanto él como su muelle han quedado sumergidos en la desidia.
Ver cómo la luna del Caribe alumbra por la noche los caminos, cómo el sol espanta al frío y cómo el mar espera al río, las motivó a viajar desde Seúl hasta Colombia, y lo hicieron junto al instrumento insignia de su país, el gayageum.
Primero visitaron Armenia, donde se presentaron interpretando temas instrumentales, y el 24 de enero en la Plaza Principal y punto de encuentro de los porteños, ante los ojos de amantes de la cultura dieron muestra del magistral resultado que se obtiene, cuando comunicarse es posible gracias al lenguaje universal de la música.
Con las cuerdas del gayageum tocaron las notas de la melodía vallenata de La Tierra del Olvido, tema con el que lograron que decenas de palmas chocaran para exaltar la aventura musical.
Ye-na Lee, líder del grupo, estudió composición, y al igual que Mi-hyun Park, Jung-ah Song y Ji-yeong Jang es master en música de la Universidad Nacional de Seúl, ciudad donde sus vidas transcurren entre ensayos y presentaciones, con un solo objeto: promover el rescate de las tradiciones musicales de su país.
“Hemos hecho muchos amigos colombianos. Cuando llegamos notamos que todos eran muy amables. Lo que más nos gusta de Colombia son tres cosas: su gente, las arepas de huevo y la naturaleza”, expresaron las mujeres que formaron su agrupación desde hace dos años, y que se presentaron con la banda de Edwin Maturana.
Durante su visita, las integrantes Gayageum Ensemble 280, además de practicar las partituras de temas como Colombia Tierra Querida, aprendieron a hacer arepas de huevo, y aunque no dominan el español, para comunicarse no tuvieron problemas, pues entre risas y gestos, supieron descifrar los mensajes de quienes impactados, las seguían con la mirada, al verlas pasear con desparpajo por el malecón, desde donde hoy se aprecia incompleta la estructura que una vez fue símbolo de progreso.
“Lo que hicimos fue traerlas con el apoyo de una red de artistas latinoamericanos, porque ellas querían conocer la música del Caribe. Durante una semana trabajaron en la Casa de la Convivencia de Puerto Colombia para preparar la presentación de las canciones nacionales que interpretarían”, explicó María Isabel Rueda, gestora de espacios de arte independiente.
Del cálido clima atlanticense quedaron enamoradas, y aunque sus elegantes y coloridas túnicas contrastaban con el paisaje, lo portaban orgullosas, haciendo gala de su procedencia. “En nuestro país los jóvenes no se interesan tanto por la tradición como aquí, eso nos gusta de Colombia”, explicó Ye-na Lee, de 24 años.
Cambiaron la imagen del río Hanshui cruzando Seúl, por conocer el Magdalena y hacer parte del que denominaron como un laboratorio musical. “No solo ellas experimentaban con nuevos ritmos, sino que les mostraban sus métodos a los artistas locales. Fue un intercambio cultural, porque ellos realmente se hablaban a través de la música, ya que las notas no las podíamos traducir. Todos se entendían por medio de sonidos”, dijo Rueda.
Millo a primera vista. El sonido del pito de caña, popular de nuestra Región, las dejó impresionadas, por ello no perdieron la oportunidad de jugar con sus notas. “Ellas nunca habían visto una flauta de millo, entonces con los acordes que les enseñaban pensaban qué partes podían funcionar con su instrumento (gayageum). Su cultura es tan estricta, que no podían creer que los músicos sabían tocar sin haber estudiado, que habían aprendido el arte de sus abuelos” relató María Isabel, quien trabajó con la Fundación Puerto Colombia para hacer posible el encuentro.
Las curiosas reacciones provocadas por las surcoreanas fueron registradas por la brasileña Lorena Pasanesse, quien está preparando un documental sobre la experiencia del cuarteto en nuestra tierra.
Según Rueda, lo que se quiere es que en Puerto Colombia empiecen a pasar cosas interesantes. “Queremos cambiar la escena cultural, recuperar el valor folclórico. Este fue un territorio que abrió las puertas al progreso y a todos los emigrantes, y que no merece quedar relegado”, concluyó, mientras las delicadas orientales coqueteaban con la brisa y sus imponentes instrumentos, sintiéndose parte del trópico.
Texto publicado en el diario El Heraldo, Barranquilla (Colombia), el 4 de febrero de 2013. 
Enlace web:

Villancicos, al son de las maracas y el cuero de ‘tambó’

Los instrumentos musicales no pierden vigencia entre los fieles que rezan la Novena al compás de coros en vivo, en Tubará

Monte adentro, en los terrenos conocidos como San Luis, vivían hace 34 años Absalón Martínez Pérez y Lucila Vargas Blanco, antes de que decidieran criar a sus nueve hijos bajo el techo de la finquita de cercas de palo, bejuco y alambre de púas ubicada a poco más de tres kilómetros después del corregimiento de Cuatro Bocas, en la vía que comunica a Barranquilla con el municipio de Tubará, donde se mudaron y crearon el Taller San Martín.
El pavo que se pasea por el rancho donde cocinan los Martínez corre peligro, pues pronto será Navidad. Sus graznidos parecieran clamar piedad para que las plumas negras no se desprendan de su pellejo durante los preparativos del banquete de Noche Buena de Marcos, el hombre de 53 años que se convirtió en la cabeza del negocio de elaboración de maracas, tambores, guaches y flautas de millo desde el año 1991, cuando este proyecto participó por primera vez en Expoartesanías.
“Mi papá aprendió a hacer instrumentos con un tío que se llamaba Ramón. Él tenía un tambor que intenté afinar una vez, pero se le partió el aro, entonces para que no me regañara busqué un bejuco y lo armé así como lo tenía. Nunca se dio cuenta de que lo dañé, fue ahí cuando empecé. Ya me atrevía a decirle: papi, yo lo hago”, explica el artesano que según libros como Son de Amor, editado por Heriberto Fiorillo, y Tradiciones Folclóricas del Departamento del Atlántico, de Samuel Tcherassi, logró “sacar la música de los árboles”.
La gente dice que su mejor temporada es la de los carnavales, y no se equivoca, pero de acuerdo con Adriano Félix Martínez, Henry Enrique Orellano y César Augusto Escalante, hermano, sobrino y cuñado de Marcos, el primero de 50 años, el segundo de 28 y el último de 54, la buena racha comienza con las ventoleras decembrinas.
“Nuestras maracas se siguen vendiendo para las novenas. Las hacemos en totumo, lo atravesamos con una varilla como de cuatro milímetros y le sacamos la tripa, luego lo ponemos al sol para dejarlo secar. Algunos para ahorrar les echan piedras chinas, nosotros no cambiamos las semillas de capacho, por eso el sonido es mejor”, apunta Marcos, quien recuerda que apenas llegaba a los 11 años cuando armó su primer instrumento.
Tamboritas de 11 pulgadas y pequeños “alegres”, son los más solicitados por los devotos que prefieren corear sus villancicos e invitar a Jesús a que no tarde tanto en llegar a sus almas al son de las maracas y del cuero de un buen tambor.
Los miembros de esta talentosa dinastía de atlanticenses coinciden en algo más que en el amor por el folclor, y es en la percepción frente al futuro de la industria artesanal. “La gente hoy en día busca algo más económico, pero nuestros clientes son fieles a lo tradicional. Hay familias que para rezar la Novena llevan equipos y ponen discos, pero no es lo mismo que tocar en vivo”, sostienen.
Sobre el lomo de un burrito, que no precisamente va camino a Belén, transporta Escalante la motosierra con la que tala las ceibas amarillas, bancos y caritos con los que elabora los vasos de los tambores.
“Anteriormente se hacían tamboras enormes, que medían 50 centímetros y que se convirtieron en un encarte porque es incómodo llevarlas y no caben en los baúles de los carros, pero se han dado cuenta de que una pequeña de buena madera y cueros da buen sonido. Eso es lo que exigen en Barranquilla, que se escuche fuerte el golpe”, afirman.
Cuando la época está buena casi no descansan, “solo dormimos un rato por la noche”. Inician la jornada a las 5 a.m. cortando troncos; de uno alto y macizo pueden llegar a sacar hasta 15 tambores, pero es en covar y cepillar la madera en lo que más invierten tiempo. El corazón de los pedazos lo sacan golpeando con una pala de acero, tarea que se lleva mínimo una hora por base.
“Me angustia pensar que se nos acabe la materia prima, principalmente la madera, siento que cada día que pasa se agota más, aunque hay muchas formas de reforestar, nosotros lo hacemos sembrando árboles de carito e invitamos a que lo hagan también los demás”, concluye Marcos, al tiempo que remacha con un viejo martillo los bordes del guache inoxidable con el que algún grupo de millo hará que en este fin de año a más de uno las piernas le bailen solas.
Texto publicado en el diario El Heraldo, Barranquilla (Colombia), el 22 de diciembre de 2013. 


sábado, 20 de diciembre de 2014

La informalidad amenaza la salubridad de las carnicerías

El olor de la carne de res atrae a las moscas. Los insectos se posan sobre los pedazos de panza y lomo que cuelgan de garfios metálicos en algunos de los expendios de los sectores más populares de Barranquilla, como La Alboraya y la calle 30.
El carnicero Francisco González, de 49 años, “relaja” la carne desde las seis de la mañana. Dice que a su “puesto”, en el sur de la ciudad, llegan cerca de 50 clientes por día, y que entre todos compran media res, es decir, $600.000.
Su negocio es uno de los 2055 que figuran como tiendas de abarrotes que comercializan cárnicos, según el censo de la Secretaría de Salud del Distrito. En la mayoría ya no tienen la bandera roja que años atrás colgaban los vendedores para indicar que había carne fresca.
González reconoce que no cuenta con las condiciones de higiene requeridas para evitar que la carne se contamine. La vende a la intemperie, cerca de una calle en la que el paso de los vehículos levanta polvo, que se adhiere a las comisuras de los cortes.
Pica la res en su casa, a pocas cuadras del negocio. La despresa y la empaca en bolsas que transporta en una bicicleta. Dice que la competencia con los grandes expendios y supermercados afectó la venta, que antes las amas de casa, sus principales clientes, no compraban solo lo necesario para el almuerzo, sino que se llevaban hasta cinco libras diarias.
Una libra de carne blanda cuesta $6.500 en el negocio de González, y hasta $9.000 en un expendio “limpiecito y grande”, como cuenta el vendedor. De esos, de comercio exclusivo de carnes, solo hay 105 en Barranquilla.
“Esa es gente con mucho capital y una infraestructura bien montada con vitrinas y más garantías que uno, porque mientras yo compro tres ellos compran seis o hasta crían su propio ganado y así bajan los costos y es una carne que pueden dar más barata”, explica González.
Sus clientes afirman que aunque no es mucha la diferencia, que es de entre $500 o $1.000 en la mayoría de los casos, la suma representa un ahorro considerable, y que disminuye los ingresos entre los minoristas.
El olor de la panza atrae a los insectos. 

"Lo que no se muestra..."
Que “lo que no se muestra no se vende” es el lema del negocio de González. Dice que a los compradores les gusta ver bien lo que hay, y que diciembre es la mejor época comercial. Por una libra de costilla cobra $3.500, y por una de hueso, $1.000.
Sobre cómo garantiza que la carne que vende no sea de la ‘mala’, asegura que el que tiene tiempo en el negocio conoce cuando la presa está descompuesta. “El ganado es como la gente, si viene de pasar trabajo se ve mal, no necesita uno saber mucho”.
No es el único que se cansó de espantar las moscas, en el mercado conocido como La Magola, en la calle 30, otros negociantes de la carne como José Zabaleta, de 41 años, perdieron la batalla contra los insectos.
Dice que en un día malo vende $300.000 o $400.000 y en uno bueno $600.000. Por cada $600.000 vendidos gana $200.000. Compra la res completa, que cuesta $1.200.000, y él mismo la descuartiza. Primero le saca el bofe o pulmón, el hígado y el corazón.
Los operativos de vigilancia para que en negocios como el de González y Zabaleta no incumplan las normas sanitarias de manipulación de cárnicos están a cargo de 20 técnicos de la Oficina de Salud Ambiental de la Secretaría de Salud del Distrito, dependencia según la cual en lo que va del 2014 realizaron 53 visitas a expendios exclusivos de comercialización de cárnicos bovinos, porcinos y de pesca. 
Las moscas se posan sobre los cortes sin ninguna restricción. 
Controles. Una adecuada iluminación y ventilación, sistemas de refrigeración, y buenas condiciones de pisos, paredes y techos hacen parte de los requisitos para el funcionamiento de las carnicerías. Las inspecciones consisten en la toma de muestras de alimentos para el análisis bacteriológico y descartar presencia de cólera; así como la solicitud del certificado de manipulación de alimentos, que consta que realizaron el curso dictado por la Oficina de Salud Ambiental, que en el caso de González no existe.
El literalmente sucio manejo de las carnes por parte de los comerciantes deriva en sanciones. La más drástica es el levantamiento del acta de venta en los establecimientos en los que los responsables no cumplen con las disposiciones de los manuales de limpieza y desinfección, y los que tienen deficiencias en infraestructura.
Las autoridades dan un plazo de 30 días para que los comerciantes realicen las adecuaciones pertinentes, lapso que puede ser prorrogable en la medida que den cumplimiento a los requerimientos.
A pesar de las excusas de muchos para no seguir  las normas de higiene, hay muchas carnicerías de barrio que sí cumplen con los requerimientos para un adecuado almacenamiento y comercialización de la carne.
La falta de higiene de los mesones en los que cortan los productos favorece la contaminación.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El efecto ‘Mechas’, un trampolín electoral para Juan Manuel Santos

Expertos aseguran que el video de Ana Mercedes Plata, la abuela que se negó a votar por “Zurriaga”, ayudó al presidente a posicionarse como el candidato del pueblo



Doña ‘Mechas’ (Ana Mercedes Plata), la protagonista del fenómeno en red que no necesitó de naranjas, libretos o presupuesto para provocar un efecto millonario en popularidad en favor del reelecto presidente Juan Manuel Santos, alcanzó la noche del domingo el umbral del reconocimiento.
En la octava frase de su discurso, cuando apenas había agradecido el triunfo a Colombia, apareció la referencia de Santos a la abuela que visitó dos días antes de los comicios en una humilde vivienda arrendada en un sector popular de Villavicencio, tras el impacto causado por el espontaneo video en el que la mujer explica por qué no votaría por “Zurriaga” (Óscar Iván Zuluaga).

El video. Recostada a una de las vitrinas repletas de rollos de cartulina y muñecas de plástico, ‘Mechas’, en un minuto y nueve segundos que se volvieron virales, contó –con la simpleza y gracia con la que las veteranas echan chismes de barrio– cómo la contienda electoral tocó las fibras de su familia.
De “la ruina” en la que sobreviven los más pobres y de la necesidad de tener “casitas baraticas”, trata la peculiar declaración que hasta ayer contaba con 1.207.193 reproducciones en Youtube.
Si bien Plata no obedeció al impulso de maquinarias políticas para reconocer su preferencia hacia Santos, ni recibió un peso por su manifestación de apoyo, como dejó en claro su amiga Liliana González, propietaria de la miscelánea y quien le hizo el video, esta publicación “logró generar entre los electores un clima de distensión”, tras la oleada de acusaciones entre ambos candidatos, opina la experta en comunicación y política Alicia Peñaranda.
Resultados. El “man”, “JuanPa”, como llama Ana Mercedes Plata en el video al candidato de la Unidad Nacional se comprometió a que en su segundo mandato seguirá “transformando” las vidas de personas como ella, anuncio que respaldó el 55% de los 1.243 lectores de ELHERALDO.CO que participaron en una encuesta en línea para medir la percepción de qué tanto influyó este personaje en las elecciones.
Así como 685 lectores opinaron que el video incidió en favor del presidente, Peñaranda considera que, la pieza audiovisual es “buena por sí misma”,  y que la forma en la que Santos se involucró en la historia fue “decisiva” para este.
José Penso, consultor del Centro Interamericano de Gerencia Política en Miami, considera que las imágenes muestran a un “JuanPa” cercano al pueblo diferente al imaginario del mandatario inalcanzable”, como lo describía la oposición.
Pero mientras para algunos fue trascendental el efecto ‘Mechas’ en el apoyo final a Santos, Penso considera que el vídeo “no fue decisorio” en su triunfo, aunque reconoce que “sí ayudó” a proyectar a un candidato más cercano a las necesidades de la gente. “El mensaje fue claro y contribuyó al posicionamiento de Santos como la opción del pueblo”, opina.
Y es que la mirada franca de Ana Mercedes Plata, que no apeló al argumento de la paz sino a la precariedad en la que viven quienes no tienen un techo propio, impulsó a Santos a propiciar un encuentro para mostrar el perfil incluyente que buscó por meses en la campaña electoral.
Penso explica que en materia de marketing político se utilizan estrategias para causar controversia, familiaridad o cercanía, entre otros efectos, con los electores, como lo intentó la campaña de Óscar Iván Zuluaga con la hoy popular ‘Loca de las naranjas’.
“Este tipo de piezas tienen gran potencial y básicamente buscan generar ruido, llamar la atención. La recordación es aún mayor cuando utilizan el humor de forma adecuada, sin embargo lo importante es que transmitan un mensaje que pueda influir en la decisión del elector”, apuntó el experto.
En el caso de ‘Mechas’ no fue el resultado de ese tipo de cálculos. La intención no era otra que marcar una cuota de humor, así lo sella la carcajada con la que finaliza el video. Aunque fue una publicación viral, Peñaranda sostiene que los medios de comunicación tradicionales promovieron la cercanía con Santos, a través de entrevistas a la mujer.
Pese a que los escenarios en los que se presentaron tanto la ‘Loca de las naranjas’ como la abuela ‘Mechas’ eran políticamente opuestos, el panorama que mostraban era el mismo, el de condiciones socioeconómicas bajas.
Que ambos videos surgieran de manera casi simultánea generó una estela de duda entre los electores, que asociaron a ‘Mechas’ como la respuesta a la campaña del candidato del Centro Democrático. Peñaranda dice que Santos lo aprovechó como un trampolín electoral.
Antecedente en Brasil
El video de la popular ‘Loca de las naranjas’, que hizo parte de la campaña de Óscar Iván Zuluaga, es muy parecido al concepto de una de las piezas de propaganda política de Luiz Inácio Lula Da Silva, en Brasil, titulado ‘Oportunidad’, pues ambos fueron hechos por el asesor Duda Mendonça. En la versión brasilera aparece un joven de una favela con el mismo mensaje que la tendera colombiana, personificada por la actriz Olga Lucía Martínez, pero de forma más emocional. “La versión colombiana falló porqué no dejó claro si era una pieza dramática o humorística”, dijo Penso.

domingo, 5 de octubre de 2014

El negocio del alquiler de carretillas



En el mercado de Barranquillita las ofrecen por $4.000 el día. Ya los carretilleros no las arman en sus casas, como solían hacerlo




Desde las dos de la mañana, Hernando Soto y otros 20 cargadores de bultos hacen fila afuera del parqueadero Los Compadres, en la polvorienta cuadra de la parte de atrás de la Cervecería Águila, para alquilar una de las 70 carretillas de ‘El propio Nil’.

Por mediodía de alquiler pagan $3.000. Cada uno gana en promedio $10.000 en cada ‘carrera’. La mayoría de los ‘viajes’ que hacen van desde la plaza de El Boliche hasta el Paseo Bolívar. Dicen que si les toca llevar mandarinas salen premiados, porque en el camino aprovechan y se comen unas cuantas.

El dueño de la flota es Nilson Muñoz. Tiene 47 años. Su negocio comenzó en 1988, cuando se aburrió de vender pescado y armó su primera carretilla. A los pocos días una tractomula la destrozó en un accidente. El conductor le pagó los daños y con ese dinero armó dos carretillas nuevas. Trabajaba con una y alquilaba la otra.

Durante los primeros meses ahorró el dinero que le pagaban por el alquiler, que en esa época no superaba los $1.000 diarios.

El pequeño “emporio” de carruajes de palo fue creciendo poco a poco. Cuando llegó a tener las primeras 10 carretillas, hace ocho años, el tamaño del patio de la casa en la que vivía con su familia en el barrio Don Bosco dejó de ser suficiente, entonces se mudó a un parqueadero junto al caño de Barranquillita, una de las principales zonas de descargue de abarrotes de la ciudad, en la ribera del Magdalena.

En el parqueadero hoy tiene una sierra eléctrica para cortar la madera con la que fabrican las carretillas. Los trabajadores las ensamblan sobre el piso de arena del patio. La estructura de cada una está compuesta por una fila de varillas que lleva por debajo, cuatro llantas con ocho balineras y una cabrilla.

En un día bueno este emperador de las carretillas gana hasta $210.000, si alquila las 70. Los mejores son los lunes, miércoles y viernes, porque entra la carga al mercado y los tenderos llegan a Barranquillita para surtir sus negocios.

La administradora de esta “empresa de transporte con balineras” es Ana Lucía Cruz,  la esposa de Nil. Tiene 55 años. Es la reina, la que manda. No tiene trono, solo un viejo taburete en el que se acomoda para trabajar. Ambos son junioristas, por eso pintaron las carretillas con los colores del equipo, rojo y blanco.

La mayoría de los carretilleros que se dedican al transporte de frutas y verduras en Barranquillita no recogen tablas en la calle para armar sus carros, sino que las alquilan, contrario a lo que piensan ciudadanos como Carlos Salcedo, quien pasaba por el sector para comprar aguacates.

El negocio es redondo. Muñoz no se mueve de su casa, los cargadores llegan hasta su mesón de madera para que los anote en la planilla y les permita llevarse una de las carretillas marcadas con números blancos. Su flota completa cuesta unos $21 millones.

La inversión en los materiales para construir una es de $300.000. Dice que lo hace con madera legal que compra en un aserradero en el centro de la ciudad y que por eso le salen buenas. La vida útil de una a la que le den uso diario de lunes a viernes puede extenderse hasta el año y medio, si no la exponen a la humedad.

La peor temporada del negocio es en invierno. Los carretilleros las meten en los arroyos y les dañan las balineras al tratar de atravesar  charcos con piedras y escombros.

En la reparación de cada carretilla, Muñoz puede gastar entre $30.000 y $70.000. Renueva la flota cada ocho meses. “Mete” nuevas cada vez que puede. No quiere perder su título. Se resiste a dejar de ser el ‘zar’ del sector.

A todo le saca partido. Es un negociante de pies a cabeza. Cobra $700 por el uso del baño, porque “los carretilleros también necesitan asearse”. Vende pavos. Guarda cargas de papa, y deja que vendedores de arroz de lisa como Dairo Ramírez acomoden sus instrumentos en el parqueadero a cambio de $2.000 diarios.

Un solo bombillo alumbra el enorme patio que los carretilleros recorren para elegir su “nave”entre las 2:30 y las 3:15 de la madrugada. A la salida Muñoz les dice el número de la que se llevan y anota la hora a la que planean regresar.

Hernando Soto es uno de los más veteranos. Tiene 10 hijos y 58 años. Le dicen ‘Galapa’. Trabaja en Barranquillita desde los 13 años. Transporta piña, melón y papaya. Dice que “los ricos ya están completos”, y que se dedica a este oficio porque le alcanza para vivir bien.

Se toma un tinto antes de salir. Aquí no hay patrones. Nadie manda a nadie. Cada uno es dueño de su tiempo y elige qué ruta coger, eso sí, con el compromiso de devolver la carretilla.

Muñoz no le alquila a desconocidos. Tuvo malas experiencias. Una vez le entregó una de sus “consentidas” a un muchacho nuevo y este llegó con el cuento de que se le había perdido. “La encontramos en un patio por allá por la zona a la que le dicen Los Plátanos. Le dijimos al tipo que de aquí no salía si no la devolvía”, cuenta su esposa.

Los peores días son los martes, jueves y sábados, porque “no salen todos los carretilleros a vender”, entonces el alquiler baja de 50 a 35 carretillas.

Algunos cobran incluso el doble de la tarifa mínima de  la carrera en taxi. Dicen que todo es relativo, que el precio lo fijan según el peso de la carga.

Por trasladar cada caja de mandarina cobran $500, es decir que por llevar 20 cajas piden $10.000. Si son bultos de auyama son $2.000. No regatean. No dan rebaja.

En un día bueno Jordis Corrales Gutiérrez, de 18 años, se gana hasta $95.000. Trabaja tres días a la semana. Al mes puede recoger hasta $1.140.000. En las peores temporadas regresa a su casa, en Palermo, con $30.000. Claro que hay veces en los que solo recupera los $1.700 que cuesta el pasaje de bus.

Los domingos abren a las cinco de la mañana y los días que no son de plaza, martes, jueves y sábado, a las tres. Pero sin excepción cierran a las seis de la tarde. “A esa hora bajo la estera y se pueden cansar tocando que no abro”.

Del recaudo se encarga Ana Lucía. Hay días en los que los carretilleros no quieren pagar, según Muñoz, entonces les advierten del cobro de intereses, que serían otros $1.000 por día.

En este emporio sin guardianes el líder madruga y se ensucia las manos. Abre la oxidada reja de su reino repleto de carruajes de palo antes de amanecer. Toma tinto y se describe como ‘El Propio’ que con gorra y tenis creó su propia flota carretillas.

Texto publicado el 5 de octubre de 2014 en el diario EL HERALDO. Barranquilla, Colombia.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Recuperadores, los ‘negociantes’ de los daños


Estos padres de familia son expertos en el ‘arte’ de remendar y hacen parte del 53,65% de hombres con empleo informal en Barranquilla y el área metropolitana


Escondidos en puntos apartados de Barranquilla o en medio del tumulto del mercado. Allí, donde el dinero escasea y la primera opción nunca es desechar, se encuentran estos cuatro ‘rescatistas’ de elementos comunes.
Son salvavidas empíricos que le apuestan a la filosofía de la reutilización. Aunque saben poco de ecología, remiendan, componen o “emparapetan” sombrillas, trasmallos, llantas y gafas, todo con el fin de sacar de apuros a sus clientes a cambio de unos pocos pesos.
Son cabezas de familia, hacen malabares para estirar el presupuesto y forman parte de las altas tasas locales de subempleo. Según el estudio sobre Dinámicas del mercado laboral en Barranquilla y su área metropolitana, realizado por Fundesarrollo y Barranquilla Cómo Vamos, el 53,65% de hombres en la ciudad no tiene empleo formal y en la misma situación está el 56,04% de las mujeres.
Este diario muestra hoy cuatro casos de estas personas que se ganan la vida ‘resucitando’ todo tipo de objetos que para muchos se vuelven desechos, haciendo uso de rudimentarias, pero efectivas técnicas de reparación. 
Martín Caballero, un tejedor de trasmallos 

El nudo ‘moreno’ es su especialidad. Sus 59 años los ha vivido entre el río y el mar, tejiendo trasmallos y pescando. Tanto a él como a sus hijos los conocen como los ‘mojarros’, en Las Flores, donde tienen su casa de tablas al pie de Puerto Mocho, pues eran los que más capturaban este tipo de peces.
Su nombre es Martín Caballero Mariano, y reparando redes de pesca sacó adelante a su familia. Su única herramienta es una aguja de tejer que hizo artesanalmente, con pedazos de plástico sujetos con cinta adhesiva. El nailon no le falta. Una vez al mes recorre el centro de Barranquilla para comprar docenas de rollos y no quedar sin reservas por si le salen “trabajitos extra”. Asegura que la diferencia entre los trasmallos es su calado, el tamaño de la malla.
“Para coger corvina la propia es la de tres pulgadas, y para pescao grande, como el jurel, la de ocho pulgadas”. El arreglo del más pequeño puede llevarle una semana y el de los más extensos hasta un mes. Los más usados en Bocas de Ceniza superan las cuarenta brazas, cerca de 60 metros de largo,y la elaboración de nudo por nudo resulta tediosa. Para evitar que se enreden, los cuelga sobre los árboles con ayuda de clavos de acero. Tiene cuatro hijos.
Reposa poco, solo a las 5 de la tarde, su hora de dormir. Para él, las causas de ruptura de las redes son la basura, los troncos y el choque de los peces grandes tratando de comerse a los pequeños que quedaron atrapados. Por una “compostura” de 15 días, como le llama a su tarea, cobra alrededor de $400 mil.
“Hay gente viva que no quiere pagar y acuerda por menos de la mitad. Normalmente son $40 mil por día, y para que no les salga tan caro le dan a uno solo $200 mil”, señala el hombre que con pecho descubierto disfruta de la brisa costera mientras remienda cada hueco del trasmallo. 
Jesús Iglesias, al rescate de las sombrillas

Todas tienen arreglo. No hay varilla partida, mango fisurado o forro roto que Jesús Antonio Iglesias, conocido en el sector de El Boliche como el ‘rescatista de sombrillas’, no pueda reparar. A su pequeño ‘quirófano’, ubicado en la calle 29 con carrera 21B, llegan a diario mujeres –especialmente– que cuidan estos elementos como tesoros invaluables y que buscan en las manos de Iglesias la solución para que el paso del tiempo no logre cerrarlos.
Para él no hay temporada mala. “Si llueve los usan y si hace sol también”, sostiene este barranquillero de 59 años que desde hace tres décadas se dedica a este peculiar oficio, a cambio de entre mil y cuatro mil pesos por servicio, dependiendo del daño que atienda. Por su rapidez lo apodan el ‘Chunchinchán’, porque en par patadas es capaz de entregarlos como nuevos.
Sin embargo, cuando la avería es grave y el armazón está completamente partido, puede tardar hasta tres horas dedicado a un solo ‘paciente’. Comienza su labor a las 8 a.m., luego de pasar cerca de 35 minutos a bordo de un bus de Coolitoral que lo lleva desde su casa, en el barrio Los Olivos, al mercado. No tiene sueldo fijo. Tiene seis hijos.
El día que le va, como él dice, igual que los perros en misa, regresa con $10 mil en sus bolsillos. Sus clientes fieles son los rematadores de mercancía, que le llevan sombrillas en cantidad. “El mes pasado me trajeron 150. Esos los arreglo a $500 o a $1.000, depende de cómo estén. Lo más dañados los cobro a $4 mil”, dijo. Cose con evidente destreza. Teje con hilos de una resistencia de 100 libras, para que su trabajo dure, y afirma que las sombrillas no tienen la calidad de antes.
“Ahora las varillas las hacen de pura latica”, remata Jesús, que aprendió esta labor con la guía de Miguel Guadrón. “Lo veía, él los arreglaba aquí, en este puesto. Cuando se enfermó, la gente seguía viniendo y yo los empecé a recibir”.
Édgar Mendoza y las llantas de las mulas

Es un Hércules criollo. Levanta al menos seis llantas de tractomula en cada jornada y las empuja hasta Nueva Vida, su taller, ubicado a un costado de la vía Oriental, que comunica Barranquilla con Ciénaga, a la altura del kilómetro dos, después del puente Pumarejo. Allí, es reconocido por ser el ‘ángel’ nocturno de los conductores.
Nació en Plato, Magdalena, tiene 42 años y hace 14 pone parches a las llantas dañadas, con la ayuda de tres trabajadores más, las 24 horas. Con una pistola neumática y mangueras de aire repara daños provocados por la incrustación de puntillas o varillas. “Las de las mulas no tienen neumático, por eso hay que reparcharlas con retazos”, explica.
Por el arreglo más sencillo, el de una moto que llegue con la llanta desinflada, cobra $3 mil, pero hay daños que van hasta los $150 mil. “Cuando quedan algunos varados en la carretera, salgo a auxiliarlos”, comenta el hombre que vive a dos cuadras de la troncal. Pasa más tiempo en la llantería que en su casa. Se casó dos veces. Tiene 10 hijos. Aprendió este oficio de su hermano, que tenía un negocio similar.
“Por curiosidad me la pasaba mirando cómo reparaban las más grandes”, dice. Cargadores, montacargas y mulas son los que más lo visitan. Su apariencia es ruda. Sus manos permanecen cubiertas de polvo y grasa. Sin alas y con gatos hidráulicos alcanza la meta en el menor tiempo, tapar los orificios y poner a rodar de nuevo a los vehículos. 
Especialidad: poner tornillos de gafas

El día que un oficial de Policía lo llevó hasta la estación de la Cervecería Águila y lo retuvo durante varias horas, acusándolo de no querer entregarle sus gafas, Rafael Hoyos Trespalacios entendió que dedicarse a reparar lentes en el Centro de Barranquilla también tiene su riesgo. A este dicharachero amante de la música de la Sonora Matancera, que nació en Altos del Rosario, Bolívar, lo conocen como el Negro.
Hace 37 años resuelve los afanes de quienes pierden el tornillo que sujeta las ‘patas’ a la montura de sus lentes, o de los que por descuido les arrancaron la nariguera. Dicen que en ese sector no hay nadie mejor que él. Sus clientes reconocen que es todo un experto. Tiene un hijo. Todavía recuerda la primera vez que reparó una gafas. “Fue el 19 de noviembre de 1977.
Al principio fue un poquito duro, a veces partía los vidrios y me tocaba comprar unas gafas nuevas para reponerlos”, dice. Vive en el barrio Costa Hermosa, en la carrera 44 con calle 27. Llega a su puesto a las 6 de la mañana. No tiene necesidad de hacerlo, pero ya es costumbre. Los sábados de Carnaval trabaja hasta el mediodía, luego de eso suspende sus labores para entregarse a la fiesta.
En su oficio usa pinzas, biseladora, máquina de soldar y destornilladores. Hace diez años cobraba $50 por el cambio de un tornillo, hoy cobra mil. Sus vecinos nunca lo han visto enojado. Con una carcajada revela el secreto de su entusiasmo, un ‘tronco’ de desayuno, puro “pescao frito con yuca”. 
Texto publicado en el diario EL HERALDO el 22 de junio de 2014. Barranquilla, Colombia.