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sábado, 7 de marzo de 2015

El 'enlace' entre el diseño y la lectura web

La distribución de los espacios y contenidos incide en el comportamiento de los cibernautas

Los investigadores del Eyetrack notaron que la mayoría de los cibernautas se fijan con mayor frecuencia en la parte superior izquierda de las páginas web.
Ilustración: Éel María Angulo


Navegar en Internet y pasearse entre plantillas que parecen hermanas es el inicio de la travesía. Título, sumario, foto y que comience el desfile de párrafos interminables, publicidad intermitente y ventanas emergentes que flotan sin control de esquina a esquina de la pantalla. La duración de la tormenta de sonidos y promociones depende de cuánto tiempo nos lleve encontrar la salida, la equis.

Ubicar esa pequeña “aguja pixelada”, que algunos desarrolladores esconden entre un pajar de letras enormes y brillantes, es un reto. Tiene sentido, el negocio es que nos llegue el mensaje. Que compremos lo que ofrecen, que nos creamos el cuento de ser el visitante número 500.000 de la página del clima y de que el jugoso premio que acabamos de ganar por una fortuita visita digital cambiará nuestra vida real. Pero, y qué pasa cuando nos enfrentamos a un público saturado de modelos lineales.

Hacernos los de la vista gorda. Ignorar los avisos, así nos prometan bajarnos el cielo, es uno de los síntomas de la pandemia en línea a la que expertos llaman “ceguera digital”, la cual se expande a la velocidad de la conexión en red, y despierta el interés de la academia, que a través de la técnica del eye tracking identifica la ruta visual del lector cuando ingresan a un portal web.

Para profundizar en la incidencia del diseño web en el comportamiento de los usuarios, el centro de estudios de periodismo del Instituto Poynter, uno de los mayores referentes norteamericanos de formación periodística, realizó una investigación sobre el movimiento de los ojos de los cibernautas.

El patrón común que arrojó el estudio indica que la mayoría de las 46 personas que participaron de las pruebas técnicas fijó su mirada en los contenidos ubicados en la parte superior izquierda de cada página visitada.

Steve Outing y Laura Ruel, autores de Eyectrack III, el seguimiento a cómo lucen los sitios web a través de los ojos de los lectores, determinaron que las tipografías más pequeñas motivan la “visión enfocada”, que consiste en leer detenidamente cada frase, en no caer en el escaneo ocular de contenidos.

Si aterrizamos esta hipótesis a la rutina diaria de lectura digital tendríamos que admitir que en más de una ocasión hemos “escaneado” un sitio web y decidido en menos de 10 segundos que o su presentación o contenido no nos atrae. Esa es tan solo una respuesta a la necesidad de encontrar titulares y textos atractivos que, de acuerdo con Outing y Ruel, invade la red.

Si bien no existen normas concretas sobre la longitud ideal de los titulares, “la mayoría de la gente mira solo el primer par de palabras y solo sigue leyendo si es animada por ellas”.


La incredulidad de los usuarios en los avisos publicitarios que aparecen separados por líneas de los bloques de contenido editorial es otro de los males digitales que aquejan a la red, según el estudio, por lo que si piensa iniciarse como bloguero vale la pena que tenga en cuenta las siguientes recomendaciones:



miércoles, 25 de febrero de 2015

Periodismo y convergencia, del lápiz a la multimedialidad

Del lápiz a la grabadora; de la grabadora al smartphone; del smartphone a la multimedialidad.
 Ilustración: Éel María Angulo.




Trinar la noticia de última hora. Publicar fotos y videos. Editar audio. Contrastar fuentes. Ir al lugar de los hechos. Redactar sin que nada se escape. Mantenerse alerta. Aprovechar las herramientas digitales. Usar las redes para posicionar los sitios en línea. Interactuar con los lectores, que a su vez son productores de contenido. A eso se refiere ser convergente. 

Pese a que para algunos se trata de hacer más por el mismo sueldo, en el ejercicio es descrito como la manera de asumir la transformación del oficio. Trabajar con las reglas que implica vivir en la llamada “era de la información”.

Desde hace poco más de una década sociólogos europeos empezaron a referirse al término convergencia. Uno de los visionarios teóricos que se anticipó a las exigencias del mundo digital fue el español Manuel Castell, el quinto académico de las ciencias sociales más citado en el mundo, según el ranking de Social Sciences Citation Index 2000-2009, quien explica que la multimedialidad es la que marca la diferencia entre comunicar e informar.


Ya no es tan delgada la línea que separa el afán de los medios masivos por informar y la necesidad de los usuarios porque les comuniquen lo que ocurre. Supone la capacidad de no “tragar entero”. De argumentar,  atar cabos y no convertirse en simples transmisores al servicio de los intereses de las cabezas del poder. 

Ser mutimedial es pensar digital. Integrar la hipertextualidad a la rutina de comunicación. Enlazar contenidos. Hilar las herramientas, ir más allá de la imagen como complemento básico de una publicación. 

Si bien el imaginario colectivo de lo que significa ser periodista estuvo ligado durante años a la representación de un apasionado por la narración que paseaba las calles de las poblaciones para buscar historias "hasta debajo de las piedras", como decía el cronista Ernesto McCausland, la percepción de ese perfil cambió. 

Seguimos tachando frases, pero ahora en la pantalla. Hacemos borrón y cuenta nueva, pero sin necesidad de papel. Para grabar, editar y fotografiar basta con tener un solo aparato. La operación se simplificó, pero a la vez se extendió. El desarrollo de nuevas tecnologías expandió el rango de cobertura, nos presentó un mundo virtual que requiere del retrato de lo que sucede en tiempo real. Nos comprometió a hacerle frente, simultáneamente, al periodismo y a la convergencia. Nos exigió pasar del lápiz a la multimedialidad. 


miércoles, 18 de febrero de 2015

El ritmo del escritor

En la novela La caverna el escritor portugués José Saramago ejemplifica el sistema de puntuación que creó para usar coma en vez de punto o punto y coma, y mayúsculas en vez de comillas. 

Sea para denunciar el asesinato de niños por conflictos de tierra en cualquier departamento de Colombia, contar detalles sobre los carruseles de la contratación, anunciar el aumento del precio de la gasolina o compartir un chiste malo, es importante aprender a puntuar. 

Resolver el dilema de dónde va la coma y dejar en paz al Nobel Gabriel García Márquez, al no repetir como loros la excusa de que él también escribió un libro sin usar este signo de puntuación, es apenas el comienzo de la tarea para encontrar el llamado "ritmo del escritor".

No existen rótulos. Cada quien redacta como quiere, pero por respeto al lector es clave enamorarnos de las reglas que permiten que un texto pueda ser comprendido en distintas geografías. 

Esa ligereza con la que omitimos o repartimos comas para "indicar las pausas respiratorias", como lo enseñaron los profesores de la Escuelita de Doña Rita, motivó al bogotano Fernando Ávila a publicar un manual de puntuación "al derecho".

En 201 páginas Fernando Ávila explica cuántos tipos de coma existen, cuáles son sus diferencias y los cambios semánticos que producen. 

Dónde va la coma es uno de los textos guía de la asignatura de Prensa Escrita de la Especialización en Periodismo Digital de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, dictada por el comunicador social Alejandro Guzmán, en la que una vez por semana 11 estudiantes de posgrado debaten sobre la utilidad de la gramática en la producción de contenidos para la web.

En palabras del escritor portugués José Saramago, ganador del premio Nobel de Literatura en 1998, las "frases de efecto", que tanto en periodismo como en literatura son consideradas como las "pepitas de oro" de los textos, son de las peores plagas mundiales, por lo que es preciso aceptar nuestro estilo, sin olvidar que como en cualquier oficio, escribir también requiere empezar por el principio, como si ese principio fuera la punta visible de un hilo mal enrollado del que basta tirar para llegar a la otra punta, la del final.