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martes, 27 de enero de 2015

San Basilio de Palenque, luces y sombras de un legado aborigen

El cuentero camerunés Boniface Ofogo estuvo en el Caribe para grabar un documental sobre el "puente cultural" entre África y los cabildos cimarrones de la región


Vino buscando un pueblo de cimarrones que conquistó su libertad desde hace 400 años, y que supo conservar todo el patrimonio y legado de sus ancestros africanos.

Sus ideas van más allá del registro audiovisual de esa legendaria resistencia a la esclavitud, aquella de la que el Joe nos hablaba en medio de su rebelión musical.

Nació en una aldea de Camerún, en África Central, tiene 47 años y la mayor parte de su tiempo la dedica a la cuentería, oficio con el cual ha logrado viajar por todo el mundo llevando las historias de su pueblo.

“Yo cuento a África, para las demás historias ya hay mucha gente a su servicio, me dedico a esto porque África necesita ser contada y muchas veces no se hace bien. Yo soy hijo de África y hablo por ella”, explicó Boniface, quien por primera vez, de las 13 que ha visitado Colombia, vino con un objetivo distinto al de promover el valor de la oralidad y la palabra.

El encanto del Caribe lo sedujo, mostrándose en forma de etnia, por ello a finales del 2012, dejó su residencia en la capital de España, para venir por su cuenta a hacer realidad su sueño de construir un puente cultural entre el corregimiento de San Basilio de Palenque y Camerún.

La primera vez que pisó la capital del Atlántico fue en septiembre del 2005, cuando vino a participar en el festival El Caribe Cuenta, después de hacer una gira por todo el país.

“Cuando llegué a Barranquilla me di cuenta que era diferente al resto, porque aquí encontré a mis hermanos africanos. Eso se respira por la calle, en las personas, en la música, en el ritmo, en el calor”, expresó entre risas. 
La pieza audiovisual que está produciendo obedece a un solo motivo, mostrar, como su título lo indica, cómo sobrevive "Un pedazo de África en Colombia‟.
Para hacer realidad la propuesta y convertirla en las 20 horas de grabación con las que ya cuenta, inició visitando la población. “Cuando me hablaron de su existencia me prometí a mi mismo que tenía que visitar un día ese pueblo. El año pasado cumplí el sueño, fui a hacer una visita solemne, como la de un hermano, porque eso es lo que soy, y vi que ellos mantienen intacto el sueño de África, mantienen intacta la ilusión de conocerla, escuchan su música, se sienten africanos y dicen que al morir no van al cielo sino que se van a África”, relató.

El rodaje de la historia, que inició el 1 de septiembre de 2012, en las calles de San Basilio y continuó el 12 del mismo mes, en el Festival de Tambores y Expresiones Culturales de Palenque, cuenta cómo un nativo africano llega allí, cómo lo reciben y le adoran porque ven en él a un ancestro.

“Lo que buscamos es mostrar la huella de África y su influencia, planteando una mirada crítica sobre la historia y la realidad socio política de este pueblo”, sostiene Fernando Cárdenas, camarógrafo del proyecto.

Según Boniface, África es como la raíz y Palenque, su fruto, filosofía que le bastó para decidirse a orientar sus esfuerzos para exaltar sus costumbres, todo con la colaboración de la fundación cultural Luneta 50, la Alcaldía de Barranquilla, el Consejo Comunitario de San Basilio de Palenque, la Corporación Cultural Nave y la corporación Jorge Artel, de Cartagena.

Patrimonio cimarrón. El escenario central del documental, son las calles del cabildo cimarrón que fue fundado por los esclavos que se fugaban de la opresión que vivía Cartagena, y que se refugiaban en las faldas de los Montes de María, San Basilio de Palenque, pueblo que fue declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por ser considerado como el primer pueblo libre de América.

“Palenque es un concepto que va más allá del territorio propio”, es lo que manifiesta Ofogo, y para demostrarlo contó con el testimonio vivo de artistas, sabios, rezanderas, picoteros, amas de casa, niños, curanderas y ancianos, quienes dieron su opinión sobre el valor de la tradición que los une.

Palenque, el original y el del éxodo. Una de las particularidades del largometraje, es que además de fundamentarse en la perspectiva de los nativos, se introduce en los asentamientos asilados.

“Mostramos el Palenque original, y el Palenque del éxodo, esos de la gente que habita en los barrios de Cartagena y de Barranquilla y que representan la prolongación de nuestras costumbres”, puntualizó Ofogo. Desde Petrona Martínez, hasta los miembros del Sexteto Tabalá dejaron claro el porqué demuestran con orgullo la riqueza de su herencia negra.

‘Zangalewa’ y olvido. “Cuando Boniface vino por primera vez a Barranquilla, le obsequié un disco que sabía que ya en África no escuchaban, el de Zangalewa, y él se llevó una gran sorpresa cuando lo reprodujo en Madrid”, contó Cárdenas.

La popular canción que décadas atrás hacía parte del repertorio africano y que servía como pista de marcha para los soldados con su pegajoso “Zamina mina Zangalewa...” hoy hace parte del olvido.

“Ya nadie escuchaba eso en Camerún, y aquí aún se baila en las discotecas, aquí son más celosos de este patrimonio, lo conservan mejor, por eso la iniciativa es llamar la atención de los africanos para que vean que tenemos cosas que no valoramos por estar obsesionados con las modas europeas y norteamericanas, mientras aquí hay un suceso muy bonito, hay gente que se desvive por esto”, comentó Ofogo.

Sobre las danzas explicó que, “en el Carnaval de Barranquilla el mapalé es como si no hubiera pasado por el filtro del tiempo”, ya que es exactamente idéntico al de su pueblo.

Pese a que es cuentero de oficio y tan solo lleva tres años en el campo de la realización fílmica, manifiesta que es una persona a la que le gustan los desafíos y que no se detiene a pensar si se puede o no lograr algo. “Soy un hombre de palabra, porque vivo de ella contando cuentos, de hecho esta es la primera vez que vengo a Colombia con un objetivo diferente a la cuentería”, dijo.

Orfely María Rueda, la productora paisa que lleva las riendas del proyecto, relató que cuando conoció a Boniface en Medellín, en el festival Entre Cuentos y Flores, África llegó de otra manera a su corazón, “sentí una manera diferente de verla cuando me contó la propuesta, y cuando lo nombraron en Barranquilla embajador cultural de África en Colombia, todo me hizo pensar que así mi piel sea blanca esto es parte de mi origen y que todos somos hermanos”.

Se ha hablado mucho de reivindicar la raza negra y su importancia, pero el hecho de que sea un africano el que venga a impulsar el interés por estas poblaciones significa mucho. A su terminación, a mediados del 2013, el documental será expuesto en Madrid y otros países de Europa.

El equipo estuvo grabando durante los días de Carnaval, pues de acuerdo con Boniface, “si se suprime la presencia afro, el Carnaval de Barranquilla no sería igual”.

Igualdad ante la muerte. Antes de esta propuesta audiovisual, Ofogo produjo otro documental llamado „En memoria‟, un homenaje a su padre, que narra la importancia de la oralidad y su impacto en los ritos de cómo se despide a un hombre sabio tras su muerte, el cual reprodujo en Palenque, llevándose la alegría de que son las mismas costumbres fúnebres, “somos la misma gente, solo la historia nos separó”.

Texto publicado en diario El Heraldo (Barranquilla) el 5 de marzo de 2013. 




domingo, 25 de enero de 2015

Artistas coreanas en ‘La Tierra del Olvido’

Llegaron a Latinoamérica en busca de ese mágico país al que un hombre de cabello rizado y pantalones cortos llamó ‘La Tierra del Olvido’, y aunque no precisamente visitaron Ciudad Perdida, se encontraron con el municipio que pareciera evocar las mismas expresiones de Carlos Vives: Puerto Colombia, pues tanto él como su muelle han quedado sumergidos en la desidia.
Ver cómo la luna del Caribe alumbra por la noche los caminos, cómo el sol espanta al frío y cómo el mar espera al río, las motivó a viajar desde Seúl hasta Colombia, y lo hicieron junto al instrumento insignia de su país, el gayageum.
Primero visitaron Armenia, donde se presentaron interpretando temas instrumentales, y el 24 de enero en la Plaza Principal y punto de encuentro de los porteños, ante los ojos de amantes de la cultura dieron muestra del magistral resultado que se obtiene, cuando comunicarse es posible gracias al lenguaje universal de la música.
Con las cuerdas del gayageum tocaron las notas de la melodía vallenata de La Tierra del Olvido, tema con el que lograron que decenas de palmas chocaran para exaltar la aventura musical.
Ye-na Lee, líder del grupo, estudió composición, y al igual que Mi-hyun Park, Jung-ah Song y Ji-yeong Jang es master en música de la Universidad Nacional de Seúl, ciudad donde sus vidas transcurren entre ensayos y presentaciones, con un solo objeto: promover el rescate de las tradiciones musicales de su país.
“Hemos hecho muchos amigos colombianos. Cuando llegamos notamos que todos eran muy amables. Lo que más nos gusta de Colombia son tres cosas: su gente, las arepas de huevo y la naturaleza”, expresaron las mujeres que formaron su agrupación desde hace dos años, y que se presentaron con la banda de Edwin Maturana.
Durante su visita, las integrantes Gayageum Ensemble 280, además de practicar las partituras de temas como Colombia Tierra Querida, aprendieron a hacer arepas de huevo, y aunque no dominan el español, para comunicarse no tuvieron problemas, pues entre risas y gestos, supieron descifrar los mensajes de quienes impactados, las seguían con la mirada, al verlas pasear con desparpajo por el malecón, desde donde hoy se aprecia incompleta la estructura que una vez fue símbolo de progreso.
“Lo que hicimos fue traerlas con el apoyo de una red de artistas latinoamericanos, porque ellas querían conocer la música del Caribe. Durante una semana trabajaron en la Casa de la Convivencia de Puerto Colombia para preparar la presentación de las canciones nacionales que interpretarían”, explicó María Isabel Rueda, gestora de espacios de arte independiente.
Del cálido clima atlanticense quedaron enamoradas, y aunque sus elegantes y coloridas túnicas contrastaban con el paisaje, lo portaban orgullosas, haciendo gala de su procedencia. “En nuestro país los jóvenes no se interesan tanto por la tradición como aquí, eso nos gusta de Colombia”, explicó Ye-na Lee, de 24 años.
Cambiaron la imagen del río Hanshui cruzando Seúl, por conocer el Magdalena y hacer parte del que denominaron como un laboratorio musical. “No solo ellas experimentaban con nuevos ritmos, sino que les mostraban sus métodos a los artistas locales. Fue un intercambio cultural, porque ellos realmente se hablaban a través de la música, ya que las notas no las podíamos traducir. Todos se entendían por medio de sonidos”, dijo Rueda.
Millo a primera vista. El sonido del pito de caña, popular de nuestra Región, las dejó impresionadas, por ello no perdieron la oportunidad de jugar con sus notas. “Ellas nunca habían visto una flauta de millo, entonces con los acordes que les enseñaban pensaban qué partes podían funcionar con su instrumento (gayageum). Su cultura es tan estricta, que no podían creer que los músicos sabían tocar sin haber estudiado, que habían aprendido el arte de sus abuelos” relató María Isabel, quien trabajó con la Fundación Puerto Colombia para hacer posible el encuentro.
Las curiosas reacciones provocadas por las surcoreanas fueron registradas por la brasileña Lorena Pasanesse, quien está preparando un documental sobre la experiencia del cuarteto en nuestra tierra.
Según Rueda, lo que se quiere es que en Puerto Colombia empiecen a pasar cosas interesantes. “Queremos cambiar la escena cultural, recuperar el valor folclórico. Este fue un territorio que abrió las puertas al progreso y a todos los emigrantes, y que no merece quedar relegado”, concluyó, mientras las delicadas orientales coqueteaban con la brisa y sus imponentes instrumentos, sintiéndose parte del trópico.
Texto publicado en el diario El Heraldo, Barranquilla (Colombia), el 4 de febrero de 2013. 
Enlace web:

El grafiti se hizo verbo sobre las parroquias

La pictórica urbana que invade la mayoría de los templos católicos del centro y sur de Barranquilla es condenada por Iglesia y ciudadanía

La conciencia no les arde de día y las manos no les tiemblan durante la madrugada, cuando aprovechan la complicidad de la penumbra para estampar con aerosol declaraciones de amor, firmas de barras bravas y hasta trasnochadas sentencias marxistas sobre las paredes de las parroquias del centro y sur de Barranquilla.
Los feligreses más veteranos los llaman “vándalos”, y algunos sacerdotes dicen que son raperos, pero ellos se describen a sí mismos como “artistas”. Y aunque se niegan a identificarse y rechazan las acusaciones en el sentido de que violan las normas urbanas con sus intervenciones en puntos como la Catedral Metropolitana, la luz del día revela que sus reuniones nocturnas solo buscan dejar símbolos casi que indescifrables sobre las iglesias.
Para el fray Albeiro Rodríguez Pérez, el hecho que se registró el martes en la parroquia del barrio San Luis Beltrán, en el que el tono beige del templo fue mancillado por el mensaje de un joven llamado ‘Migue’, que escribió a lado y lado de la entrada el mensaje “Eres todo pa mí, Kamilita...Te amo”, es muestra de la falta de sentido de pertenencia de la juventud por las “casas de Dios”.
“Estamos preocupados por la indiferencia e irresponsabilidad de las personas que se dan cuenta de lo que ocurre y, por temor, no acuden a las autoridades o no dan una voz de aviso. En esta esquina siempre se ubican algunos ‘dizque cantantes’ de rap, que a lo que se han dedicado es al consumo de sustancias psicoactivas”, explica el sacerdote, miembro de la orden de predicadores Padres Dominicos.
Tal como la parroquia San Luis, ubicada en la carrera 3C con calle 91, donde también funciona el colegio San Alberto Magno —creado por la misma orden de dominicos—, también hay otras que sufren el flagelo del vandalismo y cuyo aspecto ha sido deteriorado por rayones que desdibujan el respeto por la religión.
Imagen enlodada. Según Isabel Goenaga, quien desde hace más de 14 años asiste a misa en la parroquia Nuestra Señora de Chiquinquirá, grafitis como el que recibe a los creyentes que ingresan por la calle Murillo, el cual reza: “opio del pueblo”, enlodan la imagen de la iglesia.
“Ni qué decir del que pintaron con la frase ‘Dios es amor’. Si saben que Él es amor, ¿por qué no lo demuestran respetándolo?”, pregunta Goenaga.
En sectores como Boston, también se aprecian las señales dejadas por esta tribu urbana:  en el parqueadero de la parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, las firmas parecen ser utilizadas como una manera de “marcar territorio”.
De acuerdo con monseñor Víctor Tamayo, a esta competencia entre grafiteros se le puede aplicar la conocida ‘Regla de Oro’: “No hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti”.
“Es muy triste que en un barrio que es pobre y que hace todo el esfuerzo por tener su templo bien limpio, como San Luis, llegue una persona y, en un momento, dañe todo. Si fuera un aviso o mensaje de bienestar para el pueblo, sería diferente”, puntaliza Monseñor.
Con las uñas. Como la mayoría de las parroquias no cuentan con un presupuesto amplio, a medida que se va cayendo la pintura los sacerdotes organizan bazares y campañas durante las que invitan a los vecinos a contribuir para mantenerlas en buen estado.
Uno de los mensajes más rebeldes consignados en la arquitectura de la parroquia Nuestra Señora del Rosario, es el de “Dios bendiga este negocio”. Al leerlo, José Castañeda, morador del sector de la calle 42 entre carreras 45 y 46,  asegura que el atrevimiento ya ha sobrepasado límites impensables.
“Esto no debe ser permitido, deben respetar el templo. Los que los hacen son puros ‘pelaos’ entre 14 y 15 años y creo yo que hasta más pequeños”, asegura un residente de San Luis, que prefiere no revelar su identidad para evitar que su vivienda sea tomada como lienzo por las bandas de su barrio.
“Todos perdemos con estas acciones. Deben dejar estos malos hábitos y respetar la propiedad de la comunidad. Hay que valorar el significado de las parroquias, porque son las casas de Dios en medio de las casas de los hombres. Por eso, deben ser lo más limpio y atractivo”, remata Tamayo, obispo auxiliar de Barranquilla.
Texto publicado en el diario El Heraldo, Barranquilla (Colombia), el 26 de enero de 2014. 


Villancicos, al son de las maracas y el cuero de ‘tambó’

Los instrumentos musicales no pierden vigencia entre los fieles que rezan la Novena al compás de coros en vivo, en Tubará

Monte adentro, en los terrenos conocidos como San Luis, vivían hace 34 años Absalón Martínez Pérez y Lucila Vargas Blanco, antes de que decidieran criar a sus nueve hijos bajo el techo de la finquita de cercas de palo, bejuco y alambre de púas ubicada a poco más de tres kilómetros después del corregimiento de Cuatro Bocas, en la vía que comunica a Barranquilla con el municipio de Tubará, donde se mudaron y crearon el Taller San Martín.
El pavo que se pasea por el rancho donde cocinan los Martínez corre peligro, pues pronto será Navidad. Sus graznidos parecieran clamar piedad para que las plumas negras no se desprendan de su pellejo durante los preparativos del banquete de Noche Buena de Marcos, el hombre de 53 años que se convirtió en la cabeza del negocio de elaboración de maracas, tambores, guaches y flautas de millo desde el año 1991, cuando este proyecto participó por primera vez en Expoartesanías.
“Mi papá aprendió a hacer instrumentos con un tío que se llamaba Ramón. Él tenía un tambor que intenté afinar una vez, pero se le partió el aro, entonces para que no me regañara busqué un bejuco y lo armé así como lo tenía. Nunca se dio cuenta de que lo dañé, fue ahí cuando empecé. Ya me atrevía a decirle: papi, yo lo hago”, explica el artesano que según libros como Son de Amor, editado por Heriberto Fiorillo, y Tradiciones Folclóricas del Departamento del Atlántico, de Samuel Tcherassi, logró “sacar la música de los árboles”.
La gente dice que su mejor temporada es la de los carnavales, y no se equivoca, pero de acuerdo con Adriano Félix Martínez, Henry Enrique Orellano y César Augusto Escalante, hermano, sobrino y cuñado de Marcos, el primero de 50 años, el segundo de 28 y el último de 54, la buena racha comienza con las ventoleras decembrinas.
“Nuestras maracas se siguen vendiendo para las novenas. Las hacemos en totumo, lo atravesamos con una varilla como de cuatro milímetros y le sacamos la tripa, luego lo ponemos al sol para dejarlo secar. Algunos para ahorrar les echan piedras chinas, nosotros no cambiamos las semillas de capacho, por eso el sonido es mejor”, apunta Marcos, quien recuerda que apenas llegaba a los 11 años cuando armó su primer instrumento.
Tamboritas de 11 pulgadas y pequeños “alegres”, son los más solicitados por los devotos que prefieren corear sus villancicos e invitar a Jesús a que no tarde tanto en llegar a sus almas al son de las maracas y del cuero de un buen tambor.
Los miembros de esta talentosa dinastía de atlanticenses coinciden en algo más que en el amor por el folclor, y es en la percepción frente al futuro de la industria artesanal. “La gente hoy en día busca algo más económico, pero nuestros clientes son fieles a lo tradicional. Hay familias que para rezar la Novena llevan equipos y ponen discos, pero no es lo mismo que tocar en vivo”, sostienen.
Sobre el lomo de un burrito, que no precisamente va camino a Belén, transporta Escalante la motosierra con la que tala las ceibas amarillas, bancos y caritos con los que elabora los vasos de los tambores.
“Anteriormente se hacían tamboras enormes, que medían 50 centímetros y que se convirtieron en un encarte porque es incómodo llevarlas y no caben en los baúles de los carros, pero se han dado cuenta de que una pequeña de buena madera y cueros da buen sonido. Eso es lo que exigen en Barranquilla, que se escuche fuerte el golpe”, afirman.
Cuando la época está buena casi no descansan, “solo dormimos un rato por la noche”. Inician la jornada a las 5 a.m. cortando troncos; de uno alto y macizo pueden llegar a sacar hasta 15 tambores, pero es en covar y cepillar la madera en lo que más invierten tiempo. El corazón de los pedazos lo sacan golpeando con una pala de acero, tarea que se lleva mínimo una hora por base.
“Me angustia pensar que se nos acabe la materia prima, principalmente la madera, siento que cada día que pasa se agota más, aunque hay muchas formas de reforestar, nosotros lo hacemos sembrando árboles de carito e invitamos a que lo hagan también los demás”, concluye Marcos, al tiempo que remacha con un viejo martillo los bordes del guache inoxidable con el que algún grupo de millo hará que en este fin de año a más de uno las piernas le bailen solas.
Texto publicado en el diario El Heraldo, Barranquilla (Colombia), el 22 de diciembre de 2013. 


miércoles, 24 de septiembre de 2014

Recuperadores, los ‘negociantes’ de los daños


Estos padres de familia son expertos en el ‘arte’ de remendar y hacen parte del 53,65% de hombres con empleo informal en Barranquilla y el área metropolitana


Escondidos en puntos apartados de Barranquilla o en medio del tumulto del mercado. Allí, donde el dinero escasea y la primera opción nunca es desechar, se encuentran estos cuatro ‘rescatistas’ de elementos comunes.
Son salvavidas empíricos que le apuestan a la filosofía de la reutilización. Aunque saben poco de ecología, remiendan, componen o “emparapetan” sombrillas, trasmallos, llantas y gafas, todo con el fin de sacar de apuros a sus clientes a cambio de unos pocos pesos.
Son cabezas de familia, hacen malabares para estirar el presupuesto y forman parte de las altas tasas locales de subempleo. Según el estudio sobre Dinámicas del mercado laboral en Barranquilla y su área metropolitana, realizado por Fundesarrollo y Barranquilla Cómo Vamos, el 53,65% de hombres en la ciudad no tiene empleo formal y en la misma situación está el 56,04% de las mujeres.
Este diario muestra hoy cuatro casos de estas personas que se ganan la vida ‘resucitando’ todo tipo de objetos que para muchos se vuelven desechos, haciendo uso de rudimentarias, pero efectivas técnicas de reparación. 
Martín Caballero, un tejedor de trasmallos 

El nudo ‘moreno’ es su especialidad. Sus 59 años los ha vivido entre el río y el mar, tejiendo trasmallos y pescando. Tanto a él como a sus hijos los conocen como los ‘mojarros’, en Las Flores, donde tienen su casa de tablas al pie de Puerto Mocho, pues eran los que más capturaban este tipo de peces.
Su nombre es Martín Caballero Mariano, y reparando redes de pesca sacó adelante a su familia. Su única herramienta es una aguja de tejer que hizo artesanalmente, con pedazos de plástico sujetos con cinta adhesiva. El nailon no le falta. Una vez al mes recorre el centro de Barranquilla para comprar docenas de rollos y no quedar sin reservas por si le salen “trabajitos extra”. Asegura que la diferencia entre los trasmallos es su calado, el tamaño de la malla.
“Para coger corvina la propia es la de tres pulgadas, y para pescao grande, como el jurel, la de ocho pulgadas”. El arreglo del más pequeño puede llevarle una semana y el de los más extensos hasta un mes. Los más usados en Bocas de Ceniza superan las cuarenta brazas, cerca de 60 metros de largo,y la elaboración de nudo por nudo resulta tediosa. Para evitar que se enreden, los cuelga sobre los árboles con ayuda de clavos de acero. Tiene cuatro hijos.
Reposa poco, solo a las 5 de la tarde, su hora de dormir. Para él, las causas de ruptura de las redes son la basura, los troncos y el choque de los peces grandes tratando de comerse a los pequeños que quedaron atrapados. Por una “compostura” de 15 días, como le llama a su tarea, cobra alrededor de $400 mil.
“Hay gente viva que no quiere pagar y acuerda por menos de la mitad. Normalmente son $40 mil por día, y para que no les salga tan caro le dan a uno solo $200 mil”, señala el hombre que con pecho descubierto disfruta de la brisa costera mientras remienda cada hueco del trasmallo. 
Jesús Iglesias, al rescate de las sombrillas

Todas tienen arreglo. No hay varilla partida, mango fisurado o forro roto que Jesús Antonio Iglesias, conocido en el sector de El Boliche como el ‘rescatista de sombrillas’, no pueda reparar. A su pequeño ‘quirófano’, ubicado en la calle 29 con carrera 21B, llegan a diario mujeres –especialmente– que cuidan estos elementos como tesoros invaluables y que buscan en las manos de Iglesias la solución para que el paso del tiempo no logre cerrarlos.
Para él no hay temporada mala. “Si llueve los usan y si hace sol también”, sostiene este barranquillero de 59 años que desde hace tres décadas se dedica a este peculiar oficio, a cambio de entre mil y cuatro mil pesos por servicio, dependiendo del daño que atienda. Por su rapidez lo apodan el ‘Chunchinchán’, porque en par patadas es capaz de entregarlos como nuevos.
Sin embargo, cuando la avería es grave y el armazón está completamente partido, puede tardar hasta tres horas dedicado a un solo ‘paciente’. Comienza su labor a las 8 a.m., luego de pasar cerca de 35 minutos a bordo de un bus de Coolitoral que lo lleva desde su casa, en el barrio Los Olivos, al mercado. No tiene sueldo fijo. Tiene seis hijos.
El día que le va, como él dice, igual que los perros en misa, regresa con $10 mil en sus bolsillos. Sus clientes fieles son los rematadores de mercancía, que le llevan sombrillas en cantidad. “El mes pasado me trajeron 150. Esos los arreglo a $500 o a $1.000, depende de cómo estén. Lo más dañados los cobro a $4 mil”, dijo. Cose con evidente destreza. Teje con hilos de una resistencia de 100 libras, para que su trabajo dure, y afirma que las sombrillas no tienen la calidad de antes.
“Ahora las varillas las hacen de pura latica”, remata Jesús, que aprendió esta labor con la guía de Miguel Guadrón. “Lo veía, él los arreglaba aquí, en este puesto. Cuando se enfermó, la gente seguía viniendo y yo los empecé a recibir”.
Édgar Mendoza y las llantas de las mulas

Es un Hércules criollo. Levanta al menos seis llantas de tractomula en cada jornada y las empuja hasta Nueva Vida, su taller, ubicado a un costado de la vía Oriental, que comunica Barranquilla con Ciénaga, a la altura del kilómetro dos, después del puente Pumarejo. Allí, es reconocido por ser el ‘ángel’ nocturno de los conductores.
Nació en Plato, Magdalena, tiene 42 años y hace 14 pone parches a las llantas dañadas, con la ayuda de tres trabajadores más, las 24 horas. Con una pistola neumática y mangueras de aire repara daños provocados por la incrustación de puntillas o varillas. “Las de las mulas no tienen neumático, por eso hay que reparcharlas con retazos”, explica.
Por el arreglo más sencillo, el de una moto que llegue con la llanta desinflada, cobra $3 mil, pero hay daños que van hasta los $150 mil. “Cuando quedan algunos varados en la carretera, salgo a auxiliarlos”, comenta el hombre que vive a dos cuadras de la troncal. Pasa más tiempo en la llantería que en su casa. Se casó dos veces. Tiene 10 hijos. Aprendió este oficio de su hermano, que tenía un negocio similar.
“Por curiosidad me la pasaba mirando cómo reparaban las más grandes”, dice. Cargadores, montacargas y mulas son los que más lo visitan. Su apariencia es ruda. Sus manos permanecen cubiertas de polvo y grasa. Sin alas y con gatos hidráulicos alcanza la meta en el menor tiempo, tapar los orificios y poner a rodar de nuevo a los vehículos. 
Especialidad: poner tornillos de gafas

El día que un oficial de Policía lo llevó hasta la estación de la Cervecería Águila y lo retuvo durante varias horas, acusándolo de no querer entregarle sus gafas, Rafael Hoyos Trespalacios entendió que dedicarse a reparar lentes en el Centro de Barranquilla también tiene su riesgo. A este dicharachero amante de la música de la Sonora Matancera, que nació en Altos del Rosario, Bolívar, lo conocen como el Negro.
Hace 37 años resuelve los afanes de quienes pierden el tornillo que sujeta las ‘patas’ a la montura de sus lentes, o de los que por descuido les arrancaron la nariguera. Dicen que en ese sector no hay nadie mejor que él. Sus clientes reconocen que es todo un experto. Tiene un hijo. Todavía recuerda la primera vez que reparó una gafas. “Fue el 19 de noviembre de 1977.
Al principio fue un poquito duro, a veces partía los vidrios y me tocaba comprar unas gafas nuevas para reponerlos”, dice. Vive en el barrio Costa Hermosa, en la carrera 44 con calle 27. Llega a su puesto a las 6 de la mañana. No tiene necesidad de hacerlo, pero ya es costumbre. Los sábados de Carnaval trabaja hasta el mediodía, luego de eso suspende sus labores para entregarse a la fiesta.
En su oficio usa pinzas, biseladora, máquina de soldar y destornilladores. Hace diez años cobraba $50 por el cambio de un tornillo, hoy cobra mil. Sus vecinos nunca lo han visto enojado. Con una carcajada revela el secreto de su entusiasmo, un ‘tronco’ de desayuno, puro “pescao frito con yuca”. 
Texto publicado en el diario EL HERALDO el 22 de junio de 2014. Barranquilla, Colombia. 

Leonardo Prías no oye ni ve, pero enseña a tejer a los niños


Este instructor de artes manuales barranquillero hace parte del 2.3% de la población discapacitada a nivel nacional, pero la sordoceguera que padece no ha sido impedimento para alcanzar sus metas


No ve, no escucha y tampoco habla. Casi no recuerda qué es el sonido y la luz le duró muy poco. Un accidente clínico le arrebató la audición cuando tenía tres meses y privó a María Teresa de la posibilidad de escucharlo alguna vez decirle mamá.
Solo durante 9 de sus 42 años logró observar el mundo con claridad. Antes de cumplir los 12 una enfermedad ocular degenerativa quemó sus retinas, opacó los pigmentos que teñían su historia con algo de color.
Con el paso del tiempo, su vida fue perdiendo luz, pero no sentido. A pesar de no gozar de la libertad de poder desplazarse sin tropezar, sabe moverse como pez en el agua. Ha sido ganador de medallas de plata y bronce como el único sordociego en participar en la modalidad de natación, en la primera y cuarta edición de los Juegos Paraolímpicos Carlos Lleras Restrepo, en el 2004 y 2012, en Bogotá.
Se llama Leonardo Andrés. Es instructor de artes manuales de las casas distritales de cultura de Barranquilla, y trabaja con grupos infantiles y juveniles de sectores vulnerables como Las Flores y La Pradera, hasta donde lleva su mensaje de superación. Sus aprendices lo llaman el “profe Leo”.
Un par de lentes de delgada montura negra y vidrios cristalinos, protegen sus ojos ya marchitos del arenal de las calles que rodean a la casona roja en la que una vez por semana dicta sus clases de tejido a dos agujas, en la calle 108 con carrera 81.
Parpadea tanto como cualquier persona. No se resigna a andar por ahí con los ojos cerrados, pues conserva intacta la ilusión de recuperar su vista algún día, aunque eso sea médicamente imposible a raíz de la gravedad de la retinitis pigmentosa que padece.
Actúa natural. Desde algunos metros de distancia su discapacidad es imperceptible. Con las 11 niñas y una madre de familia a las que está enseñando a tejer en Las Flores, se comunica a través de un lenguaje dactilológico, trasmitiéndoles información con el movimiento de sus dedos sobre las palmas de las manos.
Ellas se sientan frente a él. Observan su técnica, mientras que paso a paso se detiene a explicar con señas cada puntada. No saben cómo, pero todas le entienden y, además, le acercan sus proyectos para que los revise.
Hay docenas de agujas de tejer y madejas de lana de colores pastel sobre el mesón de madera del segundo piso. La gente entra y sale de la sede comunitaria cultural, uno que otro se detiene a admirar la peculiar destreza con la que Leo entrelaza las hebras y da forma a curiosas figuras de gatos y gallinas, sus animales favoritos.
Una sonrisa tímida lo acompaña siempre. Es barranquillero y nació en febrero, mes de carnaval. Aparentemente vino al mundo sin ninguna discapacidad. Por una otitis, le mandaron garamicina y por equivocación, ni la persona que la compró, ni el farmaceuta o la enfermera que le puso la inyección se percataron de que era una dosis para adulto siendo él todavía un bebé, a partir de ese momento quedó sordo. Absorbió el potente ototóxico, usado para el control de infecciones auditivas, según contó su madre.
“Me preguntaban que si denuncié a alguna esas personas, que si estaban en la cárcel, y yo les decía que si con eso pudiera devolverle la audición a mi hijo lo hubiese hecho”, asegura la madre de Leo.
Su caso es solo uno de los miles que motivaron la Declaración de las necesidades básicas de las personas sordociegas, que tuvo lugar en Estocolmo en el año 1989 y que dio origen a la proclamación del Día Internacional de la Sordoceguera, que es celebrado todos los 27 de junio desde 1990.
Una de las figuras más populares a nivel mundial que demostró que esta limitación, que combina deficiencias tanto visuales como auditivas, no es impedimento para alcanzar las metas, fue la escritora estadounidense Helen Keller, reconocida por la lucha por los derechos de esta población, que abanderó desde la publicación de su primer libro, titulado ‘La historia de mi vida’, en el que relató cómo vivía un sordociego a comienzos de 1900.
A nivel nacional hay 1.062.917 discapacitados de todo tipo, cifra que representa el 2,3% de la población colombiana proyectada a 2013 por el Dane. El censo indica que son cerca de 30.000 los hombres con discapacidad en el rango de edad de Leonardo, que va de los 40 a los 44 años. Sin embargo, la mayor parte tiene más de 55 años, y está conformada por aproximadamente 95.000 mujeres de 80 años o más.
Leonardo está vinculado a la Corporación Acción por el Atlántico, Actuar, Famiempresas, y gracias a la calidad de sus trabajos artesanales ha sido apoyado por fundaciones como la de la empresa Gases del Caribe, en la participación de ferias que le han permitido dar a conocer sus destrezas.
Por primera vez Barranquilla fue sede este año del Encuentro Regional de la Comunidad Sorda, organizado por el Instituto Nacional para Sordos, Insor; y la Federación Nacional de Sordos de Colombia, Fenascol, que se cumplió entre el 26 y el 27 de junio pasado en las instalaciones de la Universidad del Atlántico.
El evento, reunió a delegados de la población sorda de los departamentos de Cesar, Córdoba, Guajira, Magdalena, Sucre, Bolívar y Atlántico, que desarrollaron talleres y plenarias sobre participación y política pública de discapacidad.
Pese a que a en materia de infraestructura aún falta mucho para que discapacitados como Leo puedan movilizarse sin inconvenientes por la ciudad, dentro del plan distrital de inclusión a la vida laboral para este tipo de personas, están proyectos como el que le permitió ser vinculado como docente.
Él no solo teje gorros, individuales o carteras. Teje esperanzas en cada hora que dedica a la enseñanza. Enlaza sueños y demuestra aunque vive entre sombras, la luz lo acompaña,en todo sentido.
Texto publicado en el diario  EL HERALDO el 1o. de julio de 2014. Barranquilla, Colombia.