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sábado, 20 de diciembre de 2014

La informalidad amenaza la salubridad de las carnicerías

El olor de la carne de res atrae a las moscas. Los insectos se posan sobre los pedazos de panza y lomo que cuelgan de garfios metálicos en algunos de los expendios de los sectores más populares de Barranquilla, como La Alboraya y la calle 30.
El carnicero Francisco González, de 49 años, “relaja” la carne desde las seis de la mañana. Dice que a su “puesto”, en el sur de la ciudad, llegan cerca de 50 clientes por día, y que entre todos compran media res, es decir, $600.000.
Su negocio es uno de los 2055 que figuran como tiendas de abarrotes que comercializan cárnicos, según el censo de la Secretaría de Salud del Distrito. En la mayoría ya no tienen la bandera roja que años atrás colgaban los vendedores para indicar que había carne fresca.
González reconoce que no cuenta con las condiciones de higiene requeridas para evitar que la carne se contamine. La vende a la intemperie, cerca de una calle en la que el paso de los vehículos levanta polvo, que se adhiere a las comisuras de los cortes.
Pica la res en su casa, a pocas cuadras del negocio. La despresa y la empaca en bolsas que transporta en una bicicleta. Dice que la competencia con los grandes expendios y supermercados afectó la venta, que antes las amas de casa, sus principales clientes, no compraban solo lo necesario para el almuerzo, sino que se llevaban hasta cinco libras diarias.
Una libra de carne blanda cuesta $6.500 en el negocio de González, y hasta $9.000 en un expendio “limpiecito y grande”, como cuenta el vendedor. De esos, de comercio exclusivo de carnes, solo hay 105 en Barranquilla.
“Esa es gente con mucho capital y una infraestructura bien montada con vitrinas y más garantías que uno, porque mientras yo compro tres ellos compran seis o hasta crían su propio ganado y así bajan los costos y es una carne que pueden dar más barata”, explica González.
Sus clientes afirman que aunque no es mucha la diferencia, que es de entre $500 o $1.000 en la mayoría de los casos, la suma representa un ahorro considerable, y que disminuye los ingresos entre los minoristas.
El olor de la panza atrae a los insectos. 

"Lo que no se muestra..."
Que “lo que no se muestra no se vende” es el lema del negocio de González. Dice que a los compradores les gusta ver bien lo que hay, y que diciembre es la mejor época comercial. Por una libra de costilla cobra $3.500, y por una de hueso, $1.000.
Sobre cómo garantiza que la carne que vende no sea de la ‘mala’, asegura que el que tiene tiempo en el negocio conoce cuando la presa está descompuesta. “El ganado es como la gente, si viene de pasar trabajo se ve mal, no necesita uno saber mucho”.
No es el único que se cansó de espantar las moscas, en el mercado conocido como La Magola, en la calle 30, otros negociantes de la carne como José Zabaleta, de 41 años, perdieron la batalla contra los insectos.
Dice que en un día malo vende $300.000 o $400.000 y en uno bueno $600.000. Por cada $600.000 vendidos gana $200.000. Compra la res completa, que cuesta $1.200.000, y él mismo la descuartiza. Primero le saca el bofe o pulmón, el hígado y el corazón.
Los operativos de vigilancia para que en negocios como el de González y Zabaleta no incumplan las normas sanitarias de manipulación de cárnicos están a cargo de 20 técnicos de la Oficina de Salud Ambiental de la Secretaría de Salud del Distrito, dependencia según la cual en lo que va del 2014 realizaron 53 visitas a expendios exclusivos de comercialización de cárnicos bovinos, porcinos y de pesca. 
Las moscas se posan sobre los cortes sin ninguna restricción. 
Controles. Una adecuada iluminación y ventilación, sistemas de refrigeración, y buenas condiciones de pisos, paredes y techos hacen parte de los requisitos para el funcionamiento de las carnicerías. Las inspecciones consisten en la toma de muestras de alimentos para el análisis bacteriológico y descartar presencia de cólera; así como la solicitud del certificado de manipulación de alimentos, que consta que realizaron el curso dictado por la Oficina de Salud Ambiental, que en el caso de González no existe.
El literalmente sucio manejo de las carnes por parte de los comerciantes deriva en sanciones. La más drástica es el levantamiento del acta de venta en los establecimientos en los que los responsables no cumplen con las disposiciones de los manuales de limpieza y desinfección, y los que tienen deficiencias en infraestructura.
Las autoridades dan un plazo de 30 días para que los comerciantes realicen las adecuaciones pertinentes, lapso que puede ser prorrogable en la medida que den cumplimiento a los requerimientos.
A pesar de las excusas de muchos para no seguir  las normas de higiene, hay muchas carnicerías de barrio que sí cumplen con los requerimientos para un adecuado almacenamiento y comercialización de la carne.
La falta de higiene de los mesones en los que cortan los productos favorece la contaminación.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Medicamentos con restricción: un mercado "tóxico"

Expendedores farmacéuticos violan las normas, comercializando productos de control especial sin fórmula médica.



Los medicamentos que deben ser vendidos solo por prescripción médica se comercializan sin control, como pan caliente, en tiendas y farmacias de barrios.
Así lo constató EL HERALDO en un recorrido por varios de estos establecimientos. Con algunas excepciones, los tenderos entregan los medicamentos, lo que está prohibido por ley.
Conseguir en Barranquilla sedantes como el Clonazepam no es tan complicado en droguerías del sur, como en  la carrera 8 con calle 40, donde es posible comprar por cajas este potente producto, conocido también como Rivotril.
En uno de los establecimientos visitados en la carrera 8 el vendedor se ofreció a conseguir los medicamentos vía telefónica.

“No manejamos medicamentos formulados, pero los puedo conseguir y mandarlos a domicilio”, respondió el farmaceuta de una de las droguerías visitadas por EL HERALDO en el barrio La Alboraya.
Mientras que en otra farmacia ubicada en la calle 40 con carrera 19, el farmaceuta respondió: “No tengo la caja completa, pero te vendo un cartón (10 pastillas) por $20.000”, es decir, cada pastilla de Clonazepan tiene un valor de $2.000.
Y fue despachado, pese a que el medicamento tiene una franja morada que significa que  hace parte de los medicamentos de uso especial. Además este contenía un sello  de “uso exclusivo de entidad institucional”.
De acuerdo con el Decreto 3050 de 2005, los medicamentos formulados solo se deben vender en droguerías y farmacias, pero esta norma es violada.
Para el presidente de la Asociación Colombiana de Ingeniería Química, Oswaldo Del Castillo, el problema de fondo es de cultura ciudadana.
“Comprar medicinas sin respaldo o prescripción es atentar contra la salud propia. Hay expendedores que atrevidamente recomiendan productos sin conocer la situación de la persona o sin soporte científico, para inducirla al consumo de un medicamento de uso restringido”.
El ‘top‘ de los sedantes. Según la Secretaría de Salud Departamental, entre los medicamentos de mayor consumo en el Atlántico durante 2013 figuran el Alprazolam de 0.5 miligramos, con 1.022.086 unidades vendidas; el Clonazepam de 2 miligramos, con 998.535; la Clozapina de 100 miligramos, con 944.029, y el Fenobarbital de 100 miligramos, con 890.522.
Y aunque  el número de visitas realizadas por esta secretaría a establecimientos farmacéuticos se elevó a 844 el año pasado –297 más que en el 2012– y el número de investigaciones contra droguerías por incumplir la norma pasó de 42 a 27, la coordinadora del Programa de Control de Medicamentos y Dispositivos Médicos, Dilia Borge, admite que aún  queda trabajo por hacer:
“Cuando encontramos medicamentos en puntos no autorizados, abrimos una investigación administrativa. La reducción en 2013 del número de investigaciones indica que la gente está entendiendo el riesgo de estos productos”.
Desde el punto de vista de la toxicidad, el asunto es más grave. El toxicólogo Agustín Guerrero advierte que no son medicamentos inocuos. Sobre todo, no lo son los identificados con franjas de color morado, los de control especial.
Existen 79 medicamentos de control especial distribuidos por la industria farmacéutica privada en Colombia, relacionados por el Fondo Nacional de Estupefacientes del Ministerio de Salud. Veintitrés de ellos son del monopolio estatal, como fenobarbital, hidrato de cloral, metadona y morfina clorhidrato.
Una de las mayores preocupaciones es que los que más compran estos medicamentos son menores de edad. Con anterioridad ha sido denunciado el consumo de estos medicamentos por parte de los jóvenes. 
  Los medicamentos controlados que requieren de prescripción médica no se deben vender a domicilio ni al menudeo.

Se destruyen sí o sí. “Cuando son decomisados por no estar autorizados, por vencimiento o por llevar sello de uso institucional, los guardamos mientras avanza el proceso, pero todos son destruidos como medida de seguridad. Que el responsable resuelva la falta o pague la sanción no implica su devolución”, concluyó Borge.
Angelina Peña, médico especialista en autoría, argumentó que en casos como los de dengue los pacientes continúan ingiriendo vasoconstrictores y antibióticos, porque acostumbran a asociar la fiebre con procesos infecciosos.
Venta libre
Sobre tabletas de venta libre como el Ibuprofeno, el Acetaminofén y los antigripales, frecuentemente usados para síntomas de resfriado común, asegura que se debe tener aún más cuidado, ya que todos contienen vasoconstrictores y estimulantes como la Fenilefrina. “El ibuprofeno puede causar úlceras estomacales sangrantes e insuficiencia renal, y el acetaminofén toxicidad hepática. Las reacciones adversas van desde somnolencia, sequedad bucal, hipertensión y arritmias cardíacas, hasta estimulación del sistema nervioso central, con insomnio y ansiedad”, expresa Guerrero. Alertas como la del Invima acerca del antiinflamatorio nimesulide, con base en un estudio realizado por la Agencia Europea de Medicamentos, demuestran que el problema de la automedicación y de la formulación informal sigue en pie. 
El Clonazepam, vendido a $20.000, era de “uso exclusivo entidad institucional”.
Artículo publicado en el diario EL HERALDO el 9 de febrero de 2014. Barranquilla, Colombia. 

miércoles, 29 de octubre de 2014

La delirante aventura de viajar por la carretera Oriental

A lo largo de los 180 kilómetros que hay entre Barranquilla y Ovejas los viajeros deben afrontar tramos con huecos, fisuras, obras y precipicios


En dos casetas maltrechas rodeadas de huecos cobran el peaje más caro entre Barranquilla y Ovejas: el de El Carmen de Bolívar. Paradójicamente, para recorrer esa ruta de 180 kilómetros los conductores deben atravesar tramos plagados de huecos y fisuras que dificultan el paso.

Esquivar los daños de la Vía Oriental no es fácil. La carretera está desnuda por pedazos. De un momento a otro los carriles pierden la línea que los divide. El asfalto desaparece. El panorama pasa de negro a marrón. Puro polvo y arena invaden la troncal.
Pareciera que un topo hubiera escarbado por los costados, dejando pilas de tierra en las orillas de la ruta.
Los viajeros que van de Barranquilla a Ovejas por primera vez no comprenden por qué el recorrido es tan variable. A bordo de cualquier medio de transporte, ya sea las populares vans puerta a puerta, mototaxis, los buses de empresas interdepartamentales o intermunicipales o vehículos particulares, es igual la incomodidad de sentir que van sobre una especie de montaña rusa. Una donde el riesgo no es un juego.
EL HERALDO comenzó la travesía para retratar el estado de esta carretera en la vía al aeropuerto Ernesto Cortissoz. A pocos metros de la entrada a Malambo, Atlántico, está la primera cámara de detección electrónica. Allí, en horas pico se registra congestión. Buses de servicio público y taxis colectivos se agrupan en el sector y retrasan el trayecto.
De repente la vía se ensancha y se vuelve de seis carriles. El cambio es temporal, solo por la llegada al primer peaje de la ruta, el de Sabanagrande.
Pese a que no está en funcionamiento, la sensación de que la vía es más amplia favorece a los conductores. Está cerrado debido a la polémica que suscitó su ubicación y el posible cobro a los habitantes de Palmar de Varela, Santo Tomás y Sabanagrande, quienes protestaron en junio de 2012 y amenazaron con tumbar la estructura construida por la empresa contratista, Autopistas del Sol S.A., dentro de la concesión de la Ruta Caribe.

El acuerdo de una tarifa preferencial para los residentes de esos municipios, mediado por el gobernador del Atlántico, José Antonio Segebre, logró apaciguar la discusión. Los viajeros celebran el pasar invictos por ese peaje, pues de ser obligatorio incrementaría el valor de los pasajes.
Pasados los 10,8 kilómetros de Barranquilla a Sabanagrande, todavía hay reductores de velocidad. En la nueva calzada a Palmar de Varela todo parece estar bien, hasta que llega el segundo peaje, el de Ponedera, también de la concesión Ruta Caribe S.A.,  apenas a unos 25 kilómetros del de Sabanagrande.
Aunque no hay una norma vigente dentro del Código Nacional de Tránsito Terrestre que regule la distancia permitida entre los peajes, en promedio, cada 35 kilómetros hay ubicado uno de estos en Colombia; mientras que en otros países de Latinoamérica están entre 100 y 120 kilómetros de distancia uno de otro.
Por el paso de una camioneta particular hay que pagar $6.800. El comprobante indica que la administración está a cargo de la Fiduciaria Bogotá S.A. y que está vigilado por la Superintendencia de Transporte y la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI).
En los 14 kilómetros entre Ponedera y Bohórquez se puede ver el negocio del que viven la mayoría de los campesinos de Puerto Giraldo, la venta de leche. Ellos dicen estar afectados por la falta de reductores de velocidad en ese tramo. A pocos kilómetros aparece una anciana sobre una mecedora amarilla, en el borde de la vía. Los carros le pitan. Arriesga su vida para poder vender.
En 2012 el Instituto Nacional de Vías (Invías) invirtió $15.228 millones en el mantenimiento y rehabilitación del tramo Carreto-Calamar-Barranquilla, a través del contratista Valores y Contratos (Valorcon). Hoy en la vía aparecen fisuras.
La camioneta empieza a tambalearse. Los pasajeros saltan sobre los asientos. Pareciera que las llantas estuvieran pasando por encima de muchos policías acostados seguidamente, pero se trata de los resaltos en la carretera.
Fisuras de más de cinco metros de largo y huecos en los que cabe una llanta de tractomula comienzan a aparecer. Son como cráteres en los que se detienen a la fuerza los carros que van de prisa. En este tramo hay más de seis huecos. La vía muestra un deterioro evidente.
El ingeniero José Angulo, de la firma Valores y Contratos, el concesionario encargado del realce de 10 kilómetros en la vía Puerto Giraldo - Carreto (Bolívar), dice que en las obras de rellenos del terraplén la inversión es de unos $22.000 millones.
“Tenemos programado terminar en diciembre, depende de la intensidad de la lluvia. En algunos puntos elevamos la vía 71 centímetros y en otros hasta un metro para que el agua no la sobrepase”, explica Angulo.
El cierre de un carril En Puerto Giraldo obliga a esperar para poder pasar. Nos retrasamos unos 25 minutos. Hasta el momento llevamos tres horas y media de viaje, con paradas incluidas. El lapso ideal entre Ovejas y Barranquilla es de 3 horas y 15 minutos, sin contratiempos, pero eso no se cumpliría nunca a menos de que la vía estuviera perfecta.

Llegamos a Bohórquez. En el último corregimiento del Atlántico dentro del recorrido encontramos la llantería que saca de apuros a los conductores que se quedan varados en plena carretera. Luego encontramos el puente de Calamar, Bolívar, donde hay barandas rotas. Parece que el daño fue producto de un choque vehicular.
Después está el peaje de Calamar a cargo del Invías y de Odinsa Proyectos S.A. Entre este y el de Ponedera hay unos 40 kilómetros. Pagamos $6.600. Si bien la tarifa depende del tipo de vehículo, es $200 más económico que el anterior. El de Calamar tiene tres carriles y dos garitas.
Entre los 57 kilómetros que hay de Calamar a San Jacinto aparecen las historias de los comerciantes afectados por la falta de clientes. Dicen que ya no venden tanto como antes porque los conductores intentan recuperar el tiempo perdido y pasan a gran velocidad.
A pocos metros de la entrada a El Carmen de Bolívar hay un camino lleno de trupillos. Un microclima en el que la idea de estar en un bosque tropical se hace realidad. El ambiente es fresco y la carretera luce bien.
En el peaje de El Carmen vuelven los huecos. Los vendedores de diabolines, rosquitas y almojábanas se abalanzan sobre los vehículos para tratar de vender algo. Esta parada resulta $400 más cara que el peaje anterior. También es administrada por el Invías y Odinsa Proyectos S.A. Entre más avanzamos más costosos y deteriorados están los peajes.
A 33 kilómetros está Ovejas, Sucre. Para llegar allá perdimos casi 20 minutos más mientras un voluntario intentaba regular el tráfico a cambio de unas monedas, pues un precipicio obliga a los conductores a usar un solo carril. De no ser por la labor de este grupo de desempleados que se rebusca a pleno sol, los accidentes serían pan de cada día en esa zona. “El Invías promete, pero no cumple. Los topógrafos miden y dicen que van a reparar esto y no lo hacen”, comenta uno de los ‘paleteros’.
Con dos horas de más en el recorrido, llegamos a Sucre. Un pintor y sus cuadros sin comprador reflejan la situación que anuncian las alertas escritas en el piso, “peligro”.
En esta ruta de peculiares letreros de “zona de resaltos” pagamos $20.400 entre los tres peajes, lo que multiplicado por los cerca de 1.600 vehículos de esa categoría que en promedio transitan por día en ese trayecto representaría unos $32 millones. Sin contar las tarifas de las tractomulas, que son de las más caras de Latinoamérica.
El Código Nacional de Tránsito aclara que la instalación de señales de resaltos no significa que las autoridades pueden omitir el deber de reparar los daños, sino que es una oportunidad para valorar la peligrosidad de la zona.
En la vía entre Barranquilla y Ovejas hay regados pedazos de cielo e infierno. Tramos en los que los carros parecen volar sobre asfalto plano y bien acabado. Kilómetros bombardeados. Caos y tranquilidad sobre un mismo trayecto.

El negocio lechero en Puerto Giraldo
De lunes a domingo un grupo de más de 15 campesinos se reúne entre las 6 y las 8 de la mañana en la polvorienta entrada de Puerto Giraldo, a un lado de la Vía Oriental, para esperar a los tres empleados de Coomulticán que recogen en esa corregimiento buena parte de los 1.870 litros de leche que llevan a diario a la planta de Coolechera, en Candelaria.
En las cantinas pequeñas envasan 20 litros y en las grandes 40. Por cada litro les pagan $900. Heberto Muñoz, de 46 años, dice que ordeñar una vaca toma mínimo 50 minutos, y que si es que “sale buena” pueden sacarle hasta ocho litros. El tramo de la vía a la altura de esta población está en buenas condiciones, pero los lecheros reclaman la instalación de cámaras de seguridad en la zona, para evitar accidentes como el que se registró hace unos seis meses: un hombre de 60 años fue arrollado por un vehículo, cuando se dirigía a ordeñar.
Venta de verduras al filo de la troncal
Sol Muñoz Carrillo tiene nervios de acero. Vende verduras y legumbres al filo de la Vía Oriental. Las tractomulas casi que le zumban en el oído. Pasan a prisa por detrás de su mecedora, a una velocidad de más de 80 kilómetros por hora. Dice que se pone al borde de la línea blanca para que puedan verla. Tiene 66 años y su ventorrillo de palma y palos aparece de la nada en el camino de los viajeros, que se detienen a comprarle maíz, batata, cebolla o fríjol. “Aquí llega todo tipo de clientes, hasta gringos, porque yo les vendo más barato que en Barranquilla. Allá pesan lo que venden, yo no, y hasta les doy ñapa”, comenta la viuda y madre de 12 hijos, que recorre cerca de tres kilómetros diarios en un carro de mula para llegar al negocio que tiene hace 40 años en el tramo que conduce de Puerto Giraldo a Bohórquez.
La llantería más popular de Bohórquez
Edwin Balasnoa y los vecinos de la llantería que tiene desde hace 20 años en la Vía Oriental, a la altura del corregimiento de Bohórquez, dicen que se oponen a la ampliación de la carretera porque los obligaría a desmontar sus puestos de trabajo. El de Baslasnoa es el taller más popular en el tramo entre Campo de la Cruz y Calamar, porque ofrece servicio las 24 horas. Gana $150.000 diarios. “Rescatamos a los choferes que quedan varados por las llantas pinchadas, vienen de todos los tipos”, explica el hombre de 43 años. En este tramo la carretera no tiene sobresaltos, pero la petición de los moradores de la zona es que ubiquen reductores de velocidad y también piden una cámara de detección electrónica, para que los conductores de los vehículos estén obligados a tener que ir un poco más lento.
La galería al aire libre a la altura de Ovejas
En el taller de Jorge Osorio, de 46 años, están expuestas más de 25 obras de cinco pintores de Ovejas. La que era considerada como una próspera galería al aire libre ya no goza del mismo éxito de hace un par de años, a causa de la falta de clientes. Osorio reconoce que si bien todavía venden uno que otro cuadro diario, lo que reciben no alcanza para mucho. “Creemos en el arte, pero estamos en crisis. Las cosas han cambiado, como aquí no hay huecos la gente no se detiene y pasa sin mirar los cuadros”, comenta el artista empírico que ocupa en promedio cuatro días en diseñar cada cuadro. Sus pinceles no están secos. Aún guarda unos cuantos frascos de pintura con los que tanto él como los otros cuatro miembros de su equipo esperan poder seguir impulsando el oficio que aman.
Las hamacas de San Jacinto en la orilla de la Oriental
Ligia Plata, de 63 años, lleva media vida tejiendo hamacas. Nació en San Jacinto y aprendió a usar los telares cuando era pequeña. Sabe diferenciar entre los hilos “buenos” y los “malos” sin necesidad de tocarlos. Dice que la calidad se nota y que sin una fibra resistente no puede armar una “hamaca grande”, como las que usan los abuelos de su pueblo. Asegura que antes la visitaban muchos turistas para comprar artesanías, sombreros y abarcas, pero que desde hace dos años los daños de la vía a la altura de los municipios vecinos han afectado su venta, porque los conductores intentan recuperar el tiempo perdido en las otras zonas, al avanzar rápido por el corredor artesanal de su Municipio, en donde funcionan nueve almacenes similares a lado y lado de la carretera.
Las dos caras de los guías viales
En las obras entre Puerto Giraldo y Carreto tres mujeres regulan el tráfico. Ganan un salario mínimo y están contratadas por Valorcon. Ana Lara es una de ellas. Tiene casco, chaleco reflector, guantes y botas, y labora por turnos. Contrario a la forma como ella trabaja, una cuadrilla de hombres, en chancletas y bermudas, procura evitar que los vehículos caigan por el precipicio que hace tres años se formó antes de llegar a El Carmen de Bolívar. Son voluntarios. Si les va bien recaudan $210.000 al mes. Les llaman ‘paleteros’. Ellos dicen que han salvado más de una vida.
Texto publicado en el diario El Heraldo el 21 de septiembre de 2014. Barranquilla, Colombia.

lunes, 27 de octubre de 2014

El amargo negocio del aceite de tiburón

En Tasajera, pescadores artesanales capturan ejemplares de la especie, a pesar de las normas que lo prohíben


Decenas de botellas cuelgan de los techos de quioscos maltrechos a los lados de la vía Barranquilla - Ciénaga, a 300 metros del peaje de Tasajera. La mezcla parece miel, pero el negocio que se esconde tras su preparación es amargo. En la vía hay cinco ventas de aceite de tiburón.

Buena parte de los cerca 5.000 habitantes del corregimiento de Tasajera se dedica a la pesca y la venta. Abren sus quioscos a las siete de la mañana y los cierran a las 10 de la noche. Dicen que apenas ganan para la comida y que su rutina  es una esclavitud. 

Para obtener los 300 mililitros de aceite que contiene cada botella, vendedores como Esmeralda Acosta ponen al fuego pedazos de hígado de tiburón con un poco de agua. 

Conseguirlo es fácil, solo tienen que acercarse al Mercado de la Ciénaga Grande, en la entrada a Tasajera, donde entre las siete y las once de la mañana comienza la venta de tiburones y rayas.

Bertunio Acosta es uno de los comerciantes de hígado de tiburón. Tiene 51 años, durante dos décadas se dedicó a la pesca. Se retiró porque vender es más rentable. 

La faena comienza a las 3:30 de la mañana. Las canoas salen desde la orilla del mercado, cruzan la ciénaga hasta llegar al mar, por debajo del canal que hay en la carretera entre los kilómetros 21 y 24.

Desde la vía se ven los cambuches de palo y plástico en los que se refugian los pescadores al mediodía, luego de la primera jornada. Acosta dice que a los tiburones los capturan a 27 brazas, es decir a unos 50 metros de profundidad.

En un día malo cada pareja de pescadores artesanales puede capturar una raya y una cría de tiburón tollo, una de las especies comunes en la zona, cuyo tamaño no supera los dos pies, lo que equivale a unos 55 centímetros. Habitan entre los 100 y los 2.000 metros, lo justo para que los capturen con palangre, un cordel metálico grueso del que penden entre 8 y 12 anzuelos.

Cuando terminan la travesía en alta mar amarran las lanchas a unos troncos clavados en la orilla, montan los tiburones y pescados en las canoas para que sus ayudantes los lleven directo al mercado antes de que se descompongan. 

Antes de tirarlos en el lavadero les cortan las aletas, la mayoría de las veces lo hacen dentro de las canoas, para “asegurarlas”, porque son las más costosas. Por unas grandes pueden cobrar hasta $250.000. Algunas las usan para preparar sopa, luego de quitarles la piel y secarlas, y los médicos alternativos las buscan para emplear su cartílago en tratamientos contra la artritis.

La sangre se escurre sobre las 13 filas de mesas que hay en el mercado. José Blanco Gutiérrez es el recaudador, dice que los pescadores no pagan una tarifa estable por el uso de la plaza. Depende de cómo les vaya, la mayoría paga $1.000 por día.

El precio del hígado de tiburón varía de acuerdo al tamaño. No los pesan. Esmeralda cuenta que el cálculo es “al ojo”.
Uno grande puede llegar a costar hasta $75.000. Los pequeños no los venden solos, reúnen varios para sumar los $25.000. 

La vendedora dice que el negocio viene desde hace mas de 10 años, y que de un hígado grande le pueden salir hasta 20 botellas, que representan unos 6.000 mililitros. Cada una la vende a $10.000, es decir que invierte $75.000 y recupera $200.000. En otros quioscos las venden hasta en $35.000.

Los mayores compradores del aceite son los conductores de las tractomulas que recorren esa ruta. Los vendedores aseguran que es medicinal. Y un estudio del Centro de Investigación Biomédica de la Obesidad y la Nutrición de España concluyó que el alto contenido de escualeno que tiene el hígado de tiburón es “benéfico para la salud”. 

El escualeno es un compuesto orgánico natural perseguido por los comerciantes de la industria farmacéutica para la elaboración de adyuvantes inmunitarios, por ser un estimulante del sistema. Lo emplean en algunos tipos de vacunas contra la gripe y el paludismo.

En Tasajera los vendedores no  mezclan el aceite con preservativos, como en la versión industrial. Dicen que no es necesario refrigerarlo y que una botella puede durar hasta dos años a temperatura ambiente. Se lo toman por cucharadas.

“Compro el hígado crudo, lo estrujo y lo pongo en el fogón. Le echo agua, espero que empiece a soltar el aceite a medida que se seca y lo voy sacando para que se asiente en una olla. Al día siguiente lo envaso, el proceso dura dos días”, explica Esmeralda.

David Rodríguez, otro vendedor, dice que se lo dan a los niños con cola granulada para que no les de tos. El olor es fuerte. La textura  viscosa. Le ponen ajo, limón y sal para poder tomarlo.

Por día venden entre una y seis botellas.  La mejor temporada es la de invierno, “porque a la gente le da más gripe”.

No desperdician nada. Cocinan la pulpa. Venden el cartílago para hacer cápsulas, y dicen que hay esteticistas que vienen de Bogotá a comprarlo para tratamientos anti estrías. 

 Aunque Colombia cuenta con un Plan de Acción Nacional para la Conservación y Manejo de Tiburones, Rayas y Quimeras, PAN Tiburones Colombia, que establece que el Estado planificará el aprovechamiento de los recursos naturales para garantizar su conservación, en casos como el de Tasajera no la ley no se cumple.

El decreto por medio del cual el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural adoptó el PAN tiburones es el 1124 del 31 de mayo de 2013, y se basa en la ley 13 de 1990, que reconoció a los tiburones como recurso pesquero, pero esa norma prohibe procesar, comercializar o transportar productos pesqueros que no cumplan con las tallas mínimas establecidas, como los tollos que capturan para sacarles el hígado y preparar el aceite. Una persecución amarga y dolorosa en la que el afectado es el ecosistema.

Texto publicado el 26 de octubre en el diario El Heraldo. Barranquilla, Colombia.

domingo, 5 de octubre de 2014

El negocio del alquiler de carretillas



En el mercado de Barranquillita las ofrecen por $4.000 el día. Ya los carretilleros no las arman en sus casas, como solían hacerlo




Desde las dos de la mañana, Hernando Soto y otros 20 cargadores de bultos hacen fila afuera del parqueadero Los Compadres, en la polvorienta cuadra de la parte de atrás de la Cervecería Águila, para alquilar una de las 70 carretillas de ‘El propio Nil’.

Por mediodía de alquiler pagan $3.000. Cada uno gana en promedio $10.000 en cada ‘carrera’. La mayoría de los ‘viajes’ que hacen van desde la plaza de El Boliche hasta el Paseo Bolívar. Dicen que si les toca llevar mandarinas salen premiados, porque en el camino aprovechan y se comen unas cuantas.

El dueño de la flota es Nilson Muñoz. Tiene 47 años. Su negocio comenzó en 1988, cuando se aburrió de vender pescado y armó su primera carretilla. A los pocos días una tractomula la destrozó en un accidente. El conductor le pagó los daños y con ese dinero armó dos carretillas nuevas. Trabajaba con una y alquilaba la otra.

Durante los primeros meses ahorró el dinero que le pagaban por el alquiler, que en esa época no superaba los $1.000 diarios.

El pequeño “emporio” de carruajes de palo fue creciendo poco a poco. Cuando llegó a tener las primeras 10 carretillas, hace ocho años, el tamaño del patio de la casa en la que vivía con su familia en el barrio Don Bosco dejó de ser suficiente, entonces se mudó a un parqueadero junto al caño de Barranquillita, una de las principales zonas de descargue de abarrotes de la ciudad, en la ribera del Magdalena.

En el parqueadero hoy tiene una sierra eléctrica para cortar la madera con la que fabrican las carretillas. Los trabajadores las ensamblan sobre el piso de arena del patio. La estructura de cada una está compuesta por una fila de varillas que lleva por debajo, cuatro llantas con ocho balineras y una cabrilla.

En un día bueno este emperador de las carretillas gana hasta $210.000, si alquila las 70. Los mejores son los lunes, miércoles y viernes, porque entra la carga al mercado y los tenderos llegan a Barranquillita para surtir sus negocios.

La administradora de esta “empresa de transporte con balineras” es Ana Lucía Cruz,  la esposa de Nil. Tiene 55 años. Es la reina, la que manda. No tiene trono, solo un viejo taburete en el que se acomoda para trabajar. Ambos son junioristas, por eso pintaron las carretillas con los colores del equipo, rojo y blanco.

La mayoría de los carretilleros que se dedican al transporte de frutas y verduras en Barranquillita no recogen tablas en la calle para armar sus carros, sino que las alquilan, contrario a lo que piensan ciudadanos como Carlos Salcedo, quien pasaba por el sector para comprar aguacates.

El negocio es redondo. Muñoz no se mueve de su casa, los cargadores llegan hasta su mesón de madera para que los anote en la planilla y les permita llevarse una de las carretillas marcadas con números blancos. Su flota completa cuesta unos $21 millones.

La inversión en los materiales para construir una es de $300.000. Dice que lo hace con madera legal que compra en un aserradero en el centro de la ciudad y que por eso le salen buenas. La vida útil de una a la que le den uso diario de lunes a viernes puede extenderse hasta el año y medio, si no la exponen a la humedad.

La peor temporada del negocio es en invierno. Los carretilleros las meten en los arroyos y les dañan las balineras al tratar de atravesar  charcos con piedras y escombros.

En la reparación de cada carretilla, Muñoz puede gastar entre $30.000 y $70.000. Renueva la flota cada ocho meses. “Mete” nuevas cada vez que puede. No quiere perder su título. Se resiste a dejar de ser el ‘zar’ del sector.

A todo le saca partido. Es un negociante de pies a cabeza. Cobra $700 por el uso del baño, porque “los carretilleros también necesitan asearse”. Vende pavos. Guarda cargas de papa, y deja que vendedores de arroz de lisa como Dairo Ramírez acomoden sus instrumentos en el parqueadero a cambio de $2.000 diarios.

Un solo bombillo alumbra el enorme patio que los carretilleros recorren para elegir su “nave”entre las 2:30 y las 3:15 de la madrugada. A la salida Muñoz les dice el número de la que se llevan y anota la hora a la que planean regresar.

Hernando Soto es uno de los más veteranos. Tiene 10 hijos y 58 años. Le dicen ‘Galapa’. Trabaja en Barranquillita desde los 13 años. Transporta piña, melón y papaya. Dice que “los ricos ya están completos”, y que se dedica a este oficio porque le alcanza para vivir bien.

Se toma un tinto antes de salir. Aquí no hay patrones. Nadie manda a nadie. Cada uno es dueño de su tiempo y elige qué ruta coger, eso sí, con el compromiso de devolver la carretilla.

Muñoz no le alquila a desconocidos. Tuvo malas experiencias. Una vez le entregó una de sus “consentidas” a un muchacho nuevo y este llegó con el cuento de que se le había perdido. “La encontramos en un patio por allá por la zona a la que le dicen Los Plátanos. Le dijimos al tipo que de aquí no salía si no la devolvía”, cuenta su esposa.

Los peores días son los martes, jueves y sábados, porque “no salen todos los carretilleros a vender”, entonces el alquiler baja de 50 a 35 carretillas.

Algunos cobran incluso el doble de la tarifa mínima de  la carrera en taxi. Dicen que todo es relativo, que el precio lo fijan según el peso de la carga.

Por trasladar cada caja de mandarina cobran $500, es decir que por llevar 20 cajas piden $10.000. Si son bultos de auyama son $2.000. No regatean. No dan rebaja.

En un día bueno Jordis Corrales Gutiérrez, de 18 años, se gana hasta $95.000. Trabaja tres días a la semana. Al mes puede recoger hasta $1.140.000. En las peores temporadas regresa a su casa, en Palermo, con $30.000. Claro que hay veces en los que solo recupera los $1.700 que cuesta el pasaje de bus.

Los domingos abren a las cinco de la mañana y los días que no son de plaza, martes, jueves y sábado, a las tres. Pero sin excepción cierran a las seis de la tarde. “A esa hora bajo la estera y se pueden cansar tocando que no abro”.

Del recaudo se encarga Ana Lucía. Hay días en los que los carretilleros no quieren pagar, según Muñoz, entonces les advierten del cobro de intereses, que serían otros $1.000 por día.

En este emporio sin guardianes el líder madruga y se ensucia las manos. Abre la oxidada reja de su reino repleto de carruajes de palo antes de amanecer. Toma tinto y se describe como ‘El Propio’ que con gorra y tenis creó su propia flota carretillas.

Texto publicado el 5 de octubre de 2014 en el diario EL HERALDO. Barranquilla, Colombia.